Este soy yo, Ganimedes

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Hola.

Mi nombre es J.L. Mantecón, más conocido por el Alias de Ganimedes en el mundo de los relatos.

Con esta Web pretendo haceros llegar mis aficiones por la escritura (con mis relatos basados en vivencias personales, anécdotas y escritos de ficción) y también por las fotos y vídeos de mis viajes por algunos países de este Planeta.

A éstos los he bautizado con el título de: "El rincón literario de Pepito". (ahora "El Cuaderno de Bitácora de Pepito") ¿Y el por qué de este nombre? Porque desde mi más tierna infancia he sentido pasión por la lectura, la escritura y ya de mayor, por las fotografías y los cruceros. A la vez trato, también, de tener mi rinconcito literario y con qué mejor nombre que éste, en honor a mi difunto padre, el cual siempre me llamó: "Pepito".

Espero que os guste esta página. Un saludo 

Los relatos de Ganimedes

Danza macabra

Hans dormía plácidamente en una casita de madera que poseía en una urbanización del extrarradio de Hanover, Alemania, cuando fue despertado violentamente.

Al abrir sus ojos, los cuales reflejaban sorpresa y gran dolor por los golpes recibidos en ambos costados, quedó petrificado y no daba crédito a lo que tenía ante sí.

Tres forzudas siluetas masculinas completamente desnudas, con la piel de tonalidad roja, con caretas de demonios y adornadas con grandes cornamentas, lo levantaron con crueldad de su lecho, lo maniataron entre fuertes y continuados golpes en su espalda y zona lumbar. Acto seguido, lo amordazaron, le introdujeron por su cabeza una bolsa de tela de matiz negro y lo encestaron con bastante acometividad en un vehículo de grandes dimensiones sin que Hans supiera cual iba a ser su próximo destino.

Cuando todavía la lúgubre noche reinaba a sus anchas llegaron al paradero y una vez allí, le desposeyeron del saco y la mordaza. Entonces, con mucho estupor, observó que se hallaba en una enorme y fría sala acondicionada con todos los preparativos necesarios para la celebración de un juicio sumarísimo, incluido un cadalso en uno de los ángulos de la estancia, y delante de un dantesco tribunal.

La corte estaba compuesta por siete endriagos de ambos sexos que, de inmediato, le comunicaron, sin que él entendiera nada, la razón por la cual le habían conducido hasta allí, Una vez leída la sentencia, se levantaron y comenzaron a cabriolear demoniacamente alrededor de la silla en la que se hallaba maniatado.

Por motivos desconocidos por Hans, el cual no entendía siquiera el idioma en el que aquellos demoniacos seres le hablaban, iba a ser ahorcado de inmediato.

No le proporcionaron explicaciones del porqué de tal decisión en su lengua materna que era el alemán y tampoco, por mucho que éste suplicó de rodillas, con grandes lágrimas en sus ojos y con evidentes vestigios de terror en su semblante, no logró que le condonaran la pena capital.

Hans no tuvo opción de oponer la más mínima resistencia. Tres corpulentos hombres-demonios lo llevaron en volandas hasta el cadalso, le ajustaron la soga al cuello, y en fracción de segundos el suelo cedió antes sus pies.

Los allí congregados, con síntomas evidentes de estar poseídos por algún ente maligno, continuaron con su lúgubre bailar hasta una hora antes del amanecer. Mientras, Hans permanecía colgado con el cuello roto, sin saberse tampoco si le había entregado su alma a Dios o al demonio.

Mi amigo Pepito me contó...

Domingo siniestro

…Que esta historia comenzó con un ramillete de requiebros que le lanzó Federico a María Angustias, una tarde de domingo, cuando la primavera del año mil novecientos cincuenta y nueve se encontraba en todo su fulgor.

El marco era el idóneo para una conquista: Sierra Nevada, con un níveo resplandeciente contemplando toda la belleza de la Ciudad de Granada, España, frente a la afortunada mujer que recibía los piropos. Junto a ella, el vetusto y emblemático Teatro Isabel La Católica. Los árboles de la calle Acera del Casino, vía del bonito encuentro, y los claveles que habían plantados en los jardines, embrujaban con su perfume a todos los viandantes, incluidos los futuros enamorados.

Él, trabajaba como oficial en una afamada tapicería del casco histórico. Ella, desarrollaba su labor en la cocina de un afamado restaurante de la metrópoli, y ambos pertenecían a unas humildes familias, pacíficas, honradas, trabajadoras y muy queridas en sus respectivas barriadas.

Después de esa jornada se produjeron otros acercamientos, unos casuales y otros provocados por él. Pero un buen día, el muchacho, prendado de la belleza de la chica, la invitó a dar un paseo por los lugares más emblemáticos de la ciudad, entre ellos la Carrera del Darro.

Ella accedió, porque también se había enamorado del apuesto joven, y se dieron cita en la Plaza del Carmen, frente al ayuntamiento granadino. De allí partieron rumbo a la calle Isabel la Católica, tomaron café en la distinguida cafetería “Sibari”, para concluir la primera etapa de su enamorada tarde en la famosísima “Fuente del Avellano”. Allí, con el frescor de la proximidad del Río Darro y el sonido de la fresca agua que manaba del caño de la típica fuente, inspiración de cantantes y poetas, Federico, tras darle un beso robado en la rosada mejilla a la chica, le declaró abiertamente su amor. La muchacha dio un sí por respuesta, a la vez que su dulce semblante tomaba un tono rojizo que emulaba a los claveles de la vega de Granada. Pero todo ello no fue óbice para que ambos sellaran aquél maravilloso momento uniendo sus juveniles y apasionados labios.

A aquel prodigioso crepúsculo se sucedieron muchos más por la Alhambra, Río Genil, Paseo del Salón y, especialmente, visitaban con mucha frecuencia la Basílica de la Virgen de las Angustias, patrona de los granadinos, y justo ese templo fue el que eligieron para celebrar la ceremonia religiosa de su enlace matrimonial.

Dos años duró el noviazgo, tiempo en el que ambos pudieron ahorrar, con mucho sacrificio, unas “pesetillas” que les permitió comprar los enseres necesarios para poder instalarse en el piso que habían alquilado en la Barriada del Zaidín con la ayuda de sus respectivos padres.

Llegó el tan deseado momento, un domingo de verano, a las siete de la tarde, cuando ya se comenzaba a notar el frescor del Río Genil. Ambas familias rebosaban de felicidad. Numerosos invitados y curiosos llenaron el santuario. Los dos, frente al altar, estaban llenos de felicidad y vivían un mágico momento. Pronunciaron con voz entrecortada el “si”, pero completamente ajenos al acerbo instante que les esperaba.

Doscientos metros más debajo de la iglesia, un joven de raza gitana se embriagaba inconscientemente en la barra de un bar y en su ebriedad pronunciaba a cada instante estas inquietantes palabras:

- ¡Hoy, por la madre que me parió, tengo que matar a un payo!

En el establecimiento comenzaron a alejarse de su lado, temiendo que fuera uno de ellos el electo. Otros, lo más prudentes, abandonaron el establecimiento hotelero.

El gitano salió del bar y, sin un rumbo preelegido, dirigió sus infaustos pasos hacia la basílica.

Un lujoso vehículo, alquilado para dicha ceremonia, esperaba frente al templo. En la acera había numerosas personas felicitando a los recién casados. Entonces, justo en esos instantes, el caló se abrió paso entre todos los allí congregados, sacó una navaja de grandes dimensiones, se dirigió tambaleante hasta dónde se encontraban los amantes, y dirigiéndose al novio le manifestó:

- ¡Tú eres el elegido, payo!

Sin que le diera tiempo a reaccionar, Federico recibió un certero navajazo en el corazón que acabó, casi al instante, con su dulce existencia delante de su esposa, truncándose así su felicidad y la de todos los que le querían

Mi amigo Pepito me contó...

El australiano

… Que en una ocasión conoció a una excelente persona que le apodaban “El australiano”, pero su nombre era Antonio.

Pepito, que con el paso del tiempo hizo mucha amistad con él, un día, picado por la curiosidad, le preguntó:

-Antonio, ¿por qué en el pueblo todos te conocen por el alias de ¿“El australiano” si tú eres español?

Éste, con la educación tan refinada que le caracterizaba, le argumentó que le llamaban así porque hacía algunos años se había ido, junto con otros amigos, a cortar cañas de azúcar a Australia. Agregó también, que en dicho estado trabajaron algunos años, y como añoraban mucho su tierra retornaron. Al regresar estuvieron, al margen de otras actividades agrícolas, también cortando caña en su querido pueblo.

En Motril, Granada, España, según los más vetustos de la localidad, a esta cuadrilla se le conocía, no podía ser de otra forma, por el seudónimo de “Los australianos”, y como cobraban por kilogramos de caña cortada, eran los que más dinero ganaban, entre otras cosas, porque eran unos excelentes trabajadores. También, los machetes que se trajeron de aquel país tenían un diseño diferente a los que utilizaban los motrileños, con lo cual “Los australianos”, al ser esta herramienta más ligera, “jugaban” con mucha ventaja.

“El australiano”, con el dinero que ahorró en los años que estuvo en dicho país, más algo que pidió prestado a un familiar, adquirió un terreno agrícola en la vega motrileña, y no era para subsistir con el fruto que obtuviera de la tierra, puesto que éste había tenido la suerte de haber ingresado en el Cuerpo de la Policía Local de Motril y tenía para cubrir sus primeras necesidades.

Antonio era un hombre que amaba la tierra. Estaba enamoradísimo de su pedacito de terreno, el cual tenía una extensión, aproximada, de un marjal. Con lo que obtenía de lo mal que le pagaban las verdura y hortalizas que recogía, fue ahorrando y se compró un burro, de esos que les llaman “morunos”, para transportar el producto desde la parcela al camino dónde los depositaba, para que posteriormente estos fueran cargados en un vehículo de transporte.

Así estuvo muy poco tiempo, porque el propietario de un terreno colindante al suyo se negó a que éste pasara con el animal por su dominio. Antonio, con mucha educación y respeto, le solicitó a éste que le explicara los motivos, pero no obtuvo la respuesta adecuada. Así estuvieron ambos un buen rato. Uno que tira y el otro que afloja, hasta que su vecino le dijo francamente:

-Vecino, no te dejo pasar por la orilla de mi pedazo porque vayamos a que un día el borrico me destroce lo que tengo sembrado.

El australiano, que, si era cortés, sosegado lo era más, le interpeló:

-Centrémonos en el tema, ¿a mi también me va a prohibir el paso o puedo pasar tranquilamente?

El fronterizo, exclamando dijo:

- ¡Por favor, vecino, eso ni se pregunta!

Antonio, que mediría sobre los ciento noventa centímetros de estatura y de complexión fuerte, se agachó, asió de las cuatro patas al pequeño asno, se lo acomodó encima de sus hombros y sacó de aquel lugar al rucio.

De esta anécdota han pasado ya muchos años, pero los motrileños más longevos todavía recuerdan este hecho con mucha simpatía, y a Antonio, a pesar de hacer más de una década que nos dejó para reunirse, posiblemente, con su Creador, se le sigue recordando con mucho cariño.

Pobre Tobby

Dedicado con mucho cariño para mi amigo Eusebio, un amante de los animales. …

...Que él adora a todos los animales, en especial a los de compañía, bien sea un perro, gato, pájaro, etcétera. De hecho, a todo lo extenso de su vida ha tenido infinidad de mascotas. Entre todas ellas, incluso, una tortuga de tierra que le llamó Lola.

Mi amigo Pepito no concibe cómo una persona le puede hacer daño a un ser indefenso, que su única misión en este Planeta es hacernos feliz, darnos compañía y, sin palabras, mostrarnos su agradecimiento por los cuidados y el sustento que le aportamos. Dice, también, que un perro con el simple hecho de mover su cola ya te está mostrando su gratitud y su felicidad. Por eso, un día se puso muy triste debido a que una amiga le relató una horrible historia que le habían referido y, según ella, sucedió de esta manera:

-Javi y Amelia es un matrimonio muy feliz que un buen día proyectó hacer un viaje de placer a Vietnam. Comenzaron su organización y consultaron en la agencia de viajes si podían llevarse con ellos a su perrito, de raza Yorkshire y que respondía al nombre Tobby. En dicho despacho le dijeron que no había ningún inconveniente y que, incluso, en aquel país admitían animales en los hoteles.

Amelia se colmó de felicidad, ya que ambos no se habían marchado de vacaciones desde hacía mucho tiempo por no dejar solo a su perrito, no fuera el pobre animal a ponerse triste sin la presencia y cuidados de sus dueños.

El matrimonio lo organizó todo a la perfección, con la inestimable ayuda del empleado dónde adquirieron el paquete de ocio y algún que otro amigo que ya había estado en ese país. Así que, estaban muy ilusionados por viajar a esa nación tan desconocida para ellos, a pesar de las catorce horas de vuelos, transbordos incluidos, que tenían que soportar desde Madrid a Doha y Doha Saigón.

Una vez en la capital vietnamita, visitaron muchos lugares, siempre acompañados de su perrito Tobby, y quedaron encantados por tanta belleza contemplada. Pero pocos días antes del regreso, Javi propuso a Amelia ir a cenar a un restaurante vietnamita, puesto que le habían celebrado la calidad existente en los mesones de la ciudad.

Amelia no se hizo mucho de rogar, aunque, en principio, había un gran inconveniente, y éste no era otro sino el que si dejarían entrar a Tobby al restaurant o no.

Se vistieron para la ocasión, tomaron un taxi y llegaron al comedor que le habían recomendado. Un empleado, amablemente, asió de la correa a Tobby y se alejó con él mientras el matrimonio se introdujo en el local y se sentaban en una mesa.

Todo transcurría con mucha normalidad, hasta que dos camareros, asiendo sendas bandejas, hacen acto de presencia en el velador de la pareja. Uno de ellos portaba en su fuente de carne en salsa. El otro, la cabeza de Tobby, en señal de que le servían el perro que habían llevado.

 

Amelia y Javi, al margen de haber quedado horrorizados y montado en cólera por la inexplicable muerte de su mascota, presentaron la correspondiente denuncia, pero nada pudieron hacer para que le desagraviaran por la muerte de su Tobby. La respuesta que recibieron por parte de la Policía de Hanoi fue que: antes de haber viajado a ese país se debían haber informado de su cultura y costumbres.

Pero, por azar del destino, Tobby fue decapitado por un error humano, ya que en aquella nación hay la costumbre de llevar a una determinada raza de perro a los restaurantes a que lo cocinen.

Esta práctica, desconocida por Javi y Amelia, acabó con la vida del pobre chucho que, a lo mejor, también vería la luz a final del túnel, a la vez que mientras se dirigía hacia ella, ya en ese estado, perdonaría al verdugo que puso fin a su feliz existencia.

 

Mi viaje

Me subí al tren, pero no recuerdo en que instante y lugar. Llegué a mi primera estación, por lo menos eso es lo que rememoro. Allí estaba esperándome la que iba a ser mi madre, Angustias, que diez y nueve meses más tarde se desentendió de mí. También estaba mi padre, José Luis. Él era alto, guapo, por lo menos para mí, y muy bueno, al que la vida no le trató muy bien. Sobrevivió a dos guerras y muchas enfermedades, secuelas de dichas contiendas. Los tres juntos comenzamos nuestro particular periplo, pero mi padre se bajó en una de las paradas conmigo y dejó que se alejara ese ferrocarril. Pero no fue ningún error esa decisión, por lo menos para él, pero para mí, ajeno a la voluntad de mi progenitor, si.

Comencé a tener algunos problemas de salud y visité el nuevo Hospital de San Martín, Las Palmas de Gran Canaria, España. Allí me trataron de mis malestares y conocí a algunos niños que se encontraban en mis mismas circunstancias. Al que más recuerdo es a uno que le decíamos “Juan el cagao”, al cual odié durante muchos años, por haberme golpeado vilmente contra la puerta de entrada del sanatorio.

Mi antecesor me visitaba con mucha frecuencia y se interesaba por la evolución de mi salud, lo cual recuerdo con tanta nitidez, como la primera vez que me pusieron delante de mi vista un potaje de lentejas para almorzar.

Por aquél entonces apenas tenía dos años de vida y todavía acude a mi mente la escena en la que me veo de rodillas, junto a una mesa de madera de tonalidad marrón. Todo extrañado, repetía la oración que pronunciaba la monja que había en el comedor. A la vez que oraba, miraba unos trozos muy grandes de calabaza que había dentro del plato y comencé a llorar. Pero un día vino a visitarme un querubín.

Ella era una mujer bajita, delgada, blanca de facciones y se llamaba Encarnación. Me dijo que era muy guapo, que tenía unos ojos muy bonitos, las pestañas muy grande y rostro de niño bueno. Sus visitas se sucedieron, y en un permiso que le concedieron a mi padre para que saliera a la calle me llevó a su casa. Ésta estaba ubicada en un barrio, del cual no recuerdo el nombre, quizás fuera Vegueta, el más emblemático de Las Palmas.

Mi procreador vivía realquilado desde hacía algunos meses con ella. La primera vez que entré en su vivienda no pude imaginar que en aquel apeadero la vida me iba a cambiar tanto. Allí me encontré con Morales, marido de *Encarnacionita, Loli y Antoñita, hijas de ambos. Todos me recibieron con mucho cariño, a la vez que contenían sus lágrimas, y lo que fue una simple visita, se convirtió en pasar a ser el niño pequeño de la familia durante diez maravillosos años. 

Mí tren tenía que continuar su éxodo y yo debía de tomarlo cuando apenas había cumplido doce años de edad. Mi padre se emancipó de aquella familia y se fue a vivir con su novia, Carmen, una canariona grande, fuerte y muy guapa, pero, a decir verdad, nunca debí abandonar el domicilio de aquella mujer que me trató como si hubiese salido de su vientre.

Continué mi episodio con ellos dos, pero el mismo no tuvo mucha duración. Mi vagón fue enganchado por otra máquina y se detuvo en una horrible estación llamada “Casa del Niño”, donde la congoja se apoderó de mí. Allí fui maltratado físicamente, robado, ninguneado, pasé hambre y, lo peor de todo, me sentí muy solo.

Lloraba en silencio en mitad de la noche metido debajo de una mal oliente almohada de virutas de corcho, pero echando mucha fuerza mental sobreviví a aquél averno. Sin embargo, otros tuvieron que recurrir al suicidio cuando se iban de permiso a sus respectivos domicilios. Nadie quería volver después de unos días fuera de aquel orco. Al final, consigo tomar de nuevo el convoy en el que iba mi padre.

 

Después de abandonar aquel “colegio”, me introduje en el mundo laboral cuando tan sólo tenía trece años de edad. El establecimiento se llamaba “Electro Radio”, y allí encontré a muy buenas personas. Recuerdo a Don Guillermo Padilla, el gerente, Miguel Bautista, el encargado, Mariola, la cajera, Milagrosa y Manolito Suarez, los administrativos; Manuel Coca, el comercial, Paquito Torres y Martín, dependientes, y sobre todo a “Maestro Chano”, encargado del almacén, el cual falleció al poco tiempo de mi ingreso. Juan y su hermano Casiano, peones del almacén. Pero por los que sentí más especial dilección fue con Casiano, porque lo fue todo para mí: el hermano que no tenía, amigo, confidente… Mariola, la cajera, que me daba muy buenas propinas por los recados que le hacía. Finalmente, y no por ello menos importante, Manolito Suárez, que me regaló los primeros pantalones largos que yo me puse en esta vida. Además, me daba clases, altruistamente, de cultura general. Todo su empeño consistía en hacerme una persona culta, porque decía que yo era un niño muy listo y no debía malgastar mi potencial cultural.

El ferrocarril tomó otra vía y, por recomendación de mi padre, cambié de trabajo. A decir verdad, allí nada era igual, menos mal que sólo estuve seis meses. Del resto de empleos he de decir que en unos me ha ido mejor que en otros. Si bien en la mayoría me explotaron vilmente, al margen de tener que aguantar insultos, también he tenido ocupaciones donde mis jefes fueron excelentes personas.

Después de mi experiencia en Electro Radio, recuerdo, y quizás haya otras, que con quien estuve muy bien fue con Antonio Pérez Gómez, propietario del almacén de frutas “El Pérez”, de Motril, Granada, España, que *D.E.P., y sus hijos Antonio y José Luis.

Antonio y su familia siempre me trataron con cariño, educación, respeto, confiaron en mí y me ayudaron económicamente para que diera la entrada de mi primera vivienda. De todas formas, al resto también les doy las gracias por ayudarme a subsistir.

Después de mi segunda experiencia profesional continúo mi periplo, el cual se fue complicando poco a poco. Cierto día, después de enterrar a Carmen, la pareja de mi padre, y que en otro relato titulado “Mis encuentros con la muerte” hablo de ella, el destino pone delante de mí una fatídica carta, en la cual decía que mi madre vivía. Me puse a investigar, y mi familia, ya que no tenía otra verdadera, me contó el secreto que mi progenitor ocultó durante diez y seis años. Todo ilusionado dejo el tren y me subo a un vetusto barco que me condujo a Sevilla y de ahí tomo de nuevo el tren para Granada, España.

¡En que mala hora lo hice! Porque mi madre no era cómo la había imaginado, puesto que estando a su vera experimenté muy malas experiencias, las cuales no menciono para que sus nietos no sientan vergüenza de ella. Lo menos importante fue que con artimañas llegó a desposeerme de lo que me había costado mucho sacrificio y que por Ley me pertenecía. También me echó de casa porque no dejé a mi novia. La excusa fue que no era mujer para mí. Al final llevó razón, pero a mi me dio mucha pena verme un Miércoles Santo con una maleta buscando una pensión y el “Cristo de los Gitanos” en dirección contraria a la mía, pero bueno, que Dios la tenga en su Santa Gloria.

De lo único que me congratulo es que conocí a mi hermano Emilio, diez años mayor que yo, el cual tenía, década de los sesenta, tres encantos de hijas. También de haber conocido a muchos amigos, todos menores que yo, que me ayudaban a mitigar mi triste y complicada existencia, pues las únicas alegrías que tenía eran las venidas al mundo de mis sobrinas/o

De todos ellos el que ocupaba un lugar privilegiado en mi vida era mi compadre Félix, hace pocas semanas fallecido, ya que ambos compartíamos compañía, techo, vestimenta y dinero. También mi “cuñado” Antonio Pérez Arias, ya fallecido también, que, incluso, al cabo de los años ambos llegamos a pertenecer a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado.

Me apeé en la estación del amor. Allí estaba esperándome mi primera novia que se llamaba Pilar. La conocí cuando me ingresaron en el Hospital Militar de Córdoba. Ella era enfermera de dicho centro sanitario. Una buena chica, aunque no muy cariñosa, y que la distancia que había entre ambos contribuyó a que no llegáramos a formar una familia.

Durante nuestra relación no tuve quejas de ella ni de su familia. Todos eran unos seres maravillosos, especialmente su hermano Pedro, que al ser de Canarias, cariñosamente  me pusieron el sobrenombre de “El canario”. Después conocí a la madre de mis hijos, y aquí debo poner… Sólo le agradezco que gestara a mis tres descendientes: Félix, José Luis y Jesús, a los cuales quiero muchísimo y he luchado lo indecible por ellos. También, aunque en la distancia, siento el cariño de mis nietos José Luis, Juan, Lucía y Fabio, a los cuales de corazón le pido al Todo Poderoso que los ilumine. 

También, no debo obviar a mis hijas “adoptivas” María José, Elisabeth y Ana, a las cuales les profeso mucho cariño desde que eran muy niñas y que las considero como si fuera su padre biológico.

A continuación, fueron varios los convoyes amorosos a los que subí y en algunos no esperé a la próxima parada, puesto que me vi obligado a apearme en marcha. De todas formas, a todas que les vaya bonito.

Trepé al tren del deporte, y desde mi más tierna infancia sentí mucha inclinación por la actividad física, parcela esta abonada por mi difunto padre, pero dónde he tenido más actividad ha sido en Motril, Granada, España.

Organicé muchos encuentros de fútbol benéficos y campeonatos entre los distintos organismos oficiales y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, con motivo de la festividad de sus respectivas patronas o cuando me lo solicitaban. También fui en muchas ocasiones entrenador del equipo de la Policía Local en las modalidades de Fútbol-11 y Fútbol Sala, ya que fui durante treinta y cinco años componente de dicho cuerpo.

No debo obviar las actividades deportivas que creaba con motivo de la festividad de Santa Rita, patrona de los funcionarios, en la cual muchos fueron los galardones que obtuve, aunque en estos instantes no los puedo cuantificar, pero para mí fue más importante la satisfacción personal de ver a mis “pupilos” henchidos de felicidad.

El vagón del deporte parece ser que se me quedaba corto y, entre una competición y otra, me pasaba al de la cultura. En él devoré muchos libros, asistí a infinidad de representaciones teatrales, musicales como cinematográficas. Con treinta y ocho años de edad, al no saber contestar una pregunta que me hizo uno de mis hijos, después de realizar dos trabajos durante una jornada, por la noche iba a un instituto de Formación Profesional y obtuve el título de auxiliar administrativo. 

Años después, fundo una revista que se llamó “La hoja literaria” y algún tiempo después la revista deportiva, de ámbito comarcal, “Mucho Deporte” y así un largo etc. Ahora, después de llevar algunos años jubilado, sigo practicando activamente deporte: musculación, footing, natación, etc.… y no dejemos al margen, que con sesenta y seis años corrí la Maratón de New York.

Creo que después de tantos cambios de vías y trenes, presiento que voy en el último. Después de este no creo que vuelva a tomar otro más. No sé, ni quiero saberlo, dónde estará la estación final, aunque, también presiento, que todavía a mi último ferrocarril le queda mucha distancia que recorrer antes de que me tenga que apear.

En esa estación no sé quién estará para recibirme, lo mismo que mis padres lo hicieron conmigo cuando llegué por primera vez. De todas formas, en mi último periplo trato de hacer todo lo que me apetece: bailar, actividad física, comer, beber, leer, escribir, realizar sueños, viajar y, sobre todo, hacer amigos, aunque algunos de los más antiguos, con mucha tristeza para mí, ya han llegado a su último destino. El más reciente ha sido mi compadre Félix, que lo más seguro será que ya le habrá regalado una barra de pan y una torta típica de Granada a Dios.

 

 *Descanse en paz.

 

Mi amigo Pepito me contó...

Primer día de clase

… Que siempre fue un niño muy bueno e inteligente. Nació y vivió más de una década en una hermosa ciudad bañada por las aguas del Océano Atlántico, dónde un histórico día del año 1492, Cristóbal Colón y Alonso Fernández de Lugo, arribara con sus naves en un puerto llamado “Muelle de Santa Catalina” y conquistaran la isla.

Su familia, que comprobaron que su vástago era un nene muy despierto, cuando aún no había cumplido la edad exigida para ir al colegio, que estaba establecida a los cinco años, decidieron que Pepito comenzara su primer contacto con la lectura y la escritura. Principiaron mostrándoles las letras vocales y más adelante el resto del abecedario, hasta que éste comenzó a leer con algo de soltura y, al menos, escribía correctamente su nombre.

Sus procreadores intentaron escolarizarlo en el único centro escolar que había en el barrio, pero fue rechazado. El motivo principal que esgrimió el director del colegio fue que sólo tenía tres años de edad y que la ley de escolarización no lo permitía, a pesar que Pepito demostró que se conocía al dedillo todos los caracteres del alfabeto y, sin haber estado escolarizado, leía con algo de soltura.

Tanto el padre como la madre salieron bastante desilusionados, aunque, como todo en la vida, siempre hay una segunda opción, y ésta era, en espera que cumpliera la edad establecida, llevarlo a una escuela privada. Bueno, no era una academia propiamente dicha, sino que éstas estaban ubicadas en los domicilios particulares de los/as “docentes”. Es decir, en una de las habitaciones de la vivienda.

Sus ascendientes se entrevistaron con varios/as “maestros/as” y, finalmente, se decidieron por la de doña Lola, ya que el precio de los honorarios de ésta por ocuparse de Pepito durante toda la mañana se amoldaba a su exigua economía.

Su primera enseñante era muy guapa, alta, morena, algo rellenita y siempre iba vestida de negro, debido a que hacía cuatro años que había enviudado. La clase la tenía en el salón comedor, decorada con sillitas de la época, década de los cuarenta, con una pequeña pizarra colgada de la pared y un mapa político de España.

Pepito se dirigía, cogido de la mano de su madre, muy feliz a disfrutar de su primer día de clase, pero nunca llegó a pensar que iba a tener una desagradable experiencia. Su padre no le acompañaba a tan importante instante, porque el pobre hombre echaba trabajando, para poder medio subsistir los tres, más horas que un reloj.

Entró en la vivienda con gran regocijo, ya que sus antecesores le habían dicho que si se aplicaba iba a ser una persona muy importante. Una vez en el lugar se hizo la correspondiente presentación del chaval, y después de una corta conversación, la madre regresó a su domicilio.

Lo primero que hizo fue rezar, dándole gracias a Dios por lo que iba a aprender esa jornada. Acto seguido le asignaron un lugar en la estancia y comenzó la clase con toda normalidad, hasta que pasada una hora Pepito le dijo a su maestra:

-Señorita, necesito ir al baño.

-Aguántate un poquito, mi niño, que acabas de entrar como quién dice.

Pepito calló prudentemente, pero su premura por visitar el WC cada vez revestía más urgencia.

-Señorita, ¿me da permiso para ir al wáter? -

¡Otra vez, niño! Te estás volviendo algo pesado, pues a mi me parece que lo que tu quieres es perder tiempo y no atender a las explicaciones.

Transcurridos no más de quince minutos, doña Lola se encontraba escribiendo unas letras en la pizarra y de buenas a primeras exclamó:

-¡¡Fooo, si huele a caca podrida como si alguien se hubiese hecho sus necesidades!!

- ¡A ver! ¡Quién ha sido! ¡Que venga aquí inmediatamente!

Pepito, todo tembloroso y dejando tras de sí un reguero de defecación, se dirigió hacia dónde estaba su enseñante. Una vez junto a ésta, recibió una fuerte e injusta reprimenda, acompañada de unos coscorrones, y sin que le hicieran un lavado de urgencia, fue enviado a su domicilio con la única compañía que la de sus pasos y el pestilente olor que iba dejando tras de sí.

 

 

 

 

La niña de la recta

Mi nombre es Nepomuceno Lechuga Caraburra y me considero una persona muy desgraciada. Tanto es así, que cuando la cigüeña me trajo al mundo mi madre se encontraba en las rebajas de El Corte Inglés. Esto, en un principio, no lo comprendí muy bien, pero ya siendo adulto, y en posesión de la tarjeta de dicho comercio, esa que te dan muchos meses para pagar, lo asimilé. Porque, ¿quién no aprovecha unas buenas liquidaciones, aunque tenga cosas importantes que realizar? Ahora, eso si, a la hija de… del ave sí que no se lo perdono. ¿Por qué? Porque cuando comprobó que no estaban mis padres en casa, se fue al mueble, lo abrió, cogió una botella de Chivas Regal de veinticuatro años que tenía mi padre guardada como oro en paño, se echó dos chupitos, y acto seguido me dijo: -¡hasta luego Lukas!- y salió volando. Menos mal que la Guardia Civil en aquellos años no hacía controles de alcoholemia, porque me hubiese alegrado mucho que le quitaran todos los puntos del carné de transporte aéreo de niños.

Si fuera a relatarles todos los contratiempos que he tenido en los años que tengo de vida necesitaría mucho tiempo para ello. Por eso, sólo les voy a referir lo último que me ha sucedido, y con ello quiero que se hagan una somera idea de lo “desdichaito” que soy, lo cual aconteció de esta forma:

-Todo se originó la noche de un domingo no muy lejano antes de irme a dormir. Estaba viendo la televisión, concretamente la película que estaban difundiendo en TVE1, y como ésta no me agradaba comencé a hacer zapping. Sintonicé la “2”, Antena3 y otras más. Ninguna de ellas era de mi agrado, pero en la Cuatro estaban emitiendo el famoso programa “Cuarto Milenio”, programación que dirige Iker Jiménez, y como ayudanta una señora que parece que tiene morritos y pechos de silicona, y me dije:

-Esto seguro que te va a gustar, “Nepu”, y así fue.

¡La de cosas que aprendí! Incluso no sabía hasta ese día que existían los extraterrestres, y por lo que escuché, creo que van a fundar un partido político en la Tierra. Pero lo que más me gustó fue el tema de fantasmas. Tanto es así, que a partir del día siguiente me documenté en el tema y hasta leí algunos relatos de un una página Web llamada guancho 44, en la sección  "Los relatos de Ganimedes", sobre todo una serie de ellos titulada: “Mis escarceos con la muerte”, escritos por un tal Ganimedes, que por el seudónimo me da en las narices que este tío tiene que ser otro extraterrestre. También hubo algo que me llamó en exceso la atención, y fue el tema estrella en el que muchos aseguran haber visto a una niña de noche por la carretera y que por sobrenombre le han puesto “La niña de la curva”, puesto que todos los testigos afirmaban que la habían visto en este lugar.

Me encerré tanto en el tema, que una noche me dije: -¿Por qué no sales tú también a la carretera a ver si tienes suerte y te encuentras con ella? Dicho y hecho. Saqué el coche del garaje y me dirigí hacía la carretera con curvas que tengo más próxima a mi domicilio, pero para ello antes tenía que recorrer algunos kilómetros por la autovía que los lugareños llamamos “Pista de Ademuz”.

Para salir de duda, avanzo despacio, a decir verdad, con un pellizco en cierto agujero que por respeto no voy a mencionar, la distancia que separaba entre ambos y me detengo a unos cincuenta metros de ella. No me había equivocado (el pellizco en el lugar indicado anteriormente iba intensificándose), era una niña. ¿Pero por qué estaba en una recta? Entonces salgo de mi vehículo. Una vez fuera del auto no sabía si buscar una farmacia de guardia para comprar un paquete de pañales o entablar conversación con la niña. Al final me decido, inexplicablemente porque ya comenzaba a notar la carga un poco trasera, por lo segundo y exclamo:

-¿Necesitas ayuda?

-Soy Nepomuceno, “Nepo” para los amigos/as.

Entonces, ante mi asombro, ella me contesta con una voz algo aguardientosa:

-Yo soy la niña de la curva.

En un principio, creí que aquello era una broma de mal gusto de mis amigos que querían grabar algún vídeo para colgarlo en alguna red social y hacerlo viral. De todas formas, por si era cierto todo lo que pensaba, decidí seguir la broma y pregunté a la niña:

-¿Si eres quién dices ser, porque estás en una recta y no en una curva? La niña me pidió que si podía subir al coche, por el tema que si llegaba la Guardia Civil de Tráfico y me multaba por estar detenido en medio de la calzada, o en el peor de los casos algún despistado me llevara por delante. Que lo más correcto era que nos fuéramos hasta el área de servicio más próxima y allí me lo explicaría detenidamente.

Ya metidos en faena, sólo podía ocurrir que me llevara un gran susto y que lo más probable sería que cuando menos lo esperara mis colegas salieran de su escondite y se revolcaran de risa a mí costa, pero me equivoque.

En un principio estaba convencidísimo de que lo que había divisado era una cría, pero una vez dentro del vehículo, y no sé cómo la presunta fantasma no percibió el aroma, sin que la luz de los faros la alumbraran, me di cuenta que de niña nada, porque los cincuenta no los cumplía ya. Además, rellenita de verdad, la cual no había captado por llevar ésta una túnica de tonalidad blanca al estilo del cantante Demis Roussos.

Arriesgándome a que me llamaran grosero y me soltaran una insolencia, le interpelo:

-¿Oyes, tú de niña nada, verdad?

Ella, tan tranquila, me contestó que no, que tenía trecientos años y que su óbito se produjo cuando tenía cincuenta y cuatro, y agregó:

-Lo que pasa es que doy bien el “pego”, porque de noche, baja de estatura que soy, un buen maquillaje, las luces, la túnica, etc., todos pican, porque en la distancia y a la velocidad que va el vehículo, creen haber visto una niña.

Una vez más me aventuré y le interpelo:

-¿Esto es una mofa, verdad?

Ella me aseveró que no, y que, además, no estaba sufriendo ninguna alucinación. También, que fue lo que más me asombró, me invitó a que la tocara para comprobar que no era de carne y hueso. Pero como soy muy correcto con las damas le dije que no. Al final, como ella veía que no me decidía, después de insistir varias veces, se aproximó y con su mano me tocó y pude comprobar que en realidad era un ser de otro mundo, porque la palma de su mano traspasó mí antebrazo, además, casi me congelo de lo fría que la tenía.

A decir verdad, me asusté más de lo debido y quise abandonar el vehículo a toda marcha, pero como soy algo cotilla, el quererle hacer, para salir de dudas, las siguientes preguntas, me hizo desistir de mi intención:

 

-¿Si estás muerta, todos esos años, no eres una niña, como bien he podido comprobar, no estás en una curva, como afirman, qué es lo que pretendes?

 

La chiquilla, bueno, la cincuentona, tranquilamente me contestó que ella lo único que pretendía era ser famosa y salir en la “Tele”. Tranquilamente le contesté que ya había adquirido popularidad y que más no se podía pedir. Pero toda su obsesión era superar el índice de audiencia en los canales televisivos, porque el resto de compañeros/as andaban asustando a los vivos por las viviendas antiguas, en los castillos, diputaciones, etc., cosa que consideraba una grosería, y se hablaba más de ellos. Además, agregó:

-Ya sé que se ha cuchicheao mucho de mí, inclusive en plan guasón, por eso decidí venirme a una autovía para crear más polémica y ampliar el tema de conversación y, mira por donde, tú eres el primero. Además, te has atrevido a pararte y darme un poco de cháchara. Así que, espero que promulgues nuestro encuentro correctamente. Ahora, una cosa tiene que quedar bien clara: -Ni estoy rellenita, ni tetona y, muchos menos, tengo cincuenta y cuatro años. Tu difundes que aparento ser una estudiante de segundo de *E.S.O., porque si dices la verdad se van a cachondear de ti y, entre otras cosas, el señor Iker Jiménez se quedará sin su tema estrella.

Todo confundido regresé a mi domicilio, deposité los calzoncillos en la lavadora y me metí en la ducha. Como es lógico, hasta ahora no he relatado a nadie esta experiencia, porque, entre otras cosas, se iban a mofar de mí. Espero que la cincuentona de la curva no esté enfadada conmigo, ni tú, querido lector, llames a “La Cuatro” y se lo digas a Iker Jiménez.