Taxista de noche

Dedicado con cariño a todas las personas que ejercen la profesión de taxista, en especial a mi amigo Pedro José Panadero.

Las circunstancias y personajes que se mencionan en este relato son ficticios, por lo que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Capítulo I

Antonio Sandoval fue taxista de profesión y era conocido en esta actividad por el alias de “El búho” porque siempre trabajaba en el turno de noche.

Era una persona que medía, aproximadamente, un metro setenta centímetros de estatura y no sobrepasaba en demasía el medio siglo de vida. Su larga cabellera, grisácea y lacia, se posaba descaradamente sobres sus hombros, hasta el extremo que se podía hacer una coleta con ella. su tez moreno suave y fruto de su diaria ejercitación, lucía un cuerpo carente de grasas superfluas y unas extremidades musculosas.

Como cualquier otra jornada, Sandoval dormía placidamente en su cómoda y limpia cama cuando fue despertado con mucha dulzura por su esposa.

–Cariño, ya es hora de levantarse, dijo ésta a la vez que le besaba con dilección en su morena frente.

Antonio despertó y devolvió el beso, pero el suyo se posó suavemente en los labios de su mujer. Acto seguido, se incorporó con suavidad y se sentó en la cama.

Durante unos instantes cerró sus soñolientos ojos y, al realizarlo, durante unos segundos visionó una escena muy desagradable, pero no le dio mucha importancia a ello. Supuso que, quizás, habría dormitado de nuevo. Se incorporó y, somnoliento aún, se dirigió hacía el cuarto de baño que formaba parte de su dormitorio. Se aseó, y después de vestirse dirigió sus pasos hacia el comedor, dónde le esperaba su amada esposa para cenar.

Su cena consistía en una crema de calabacinos, de primero, de segundo, pechuga asada, para regar todo ello un vaso de agua y de postre un yogurt. También su cónyuge le tenía preparado un termo con café y un exquisito bocadillo de jamón con aceite y tomate, para mitigara la gazuza que solía darle a media noche. Después de la comida, nuevamente besuqueó a su costilla y se dirigió hacía el garaje, el cual se hallaba ubicado a dos manzanas de su domicilio.

Sandoval metió la llave de contacto, la accionó y el motor se puso en marcha. Mientras el ingenio del vehículo cogía una temperatura óptima, colocó el módulo de tarifas.

Diariamente, por precaución, lo desinstalaba al finalizar su turno. Y no lo hacía por capricho, puesto que, al albergar el automóvil en un garaje comunitario, corría el riesgo de que se lo destrozaran o se lo robaran. Luego echó una ojeada exhaustiva al estado de limpieza del taxi. Sandoval se sentó dispuesto a iniciar la marcha, no sin antes accionar el módulo para que se reflejara la tarifa dos. Después preludió la marcha y ascendió por la amplia rampa que le conduciría al exterior del inmueble. Pero cuando había recorrido poco más del ecuador de la misma accionó el freno. Frente a él tenía la calle, la cual divisaba por estar el portón automático abierto. Miró hacia el oscuro cielo, el cual lo avizoraba por no tener nada que le impidiera la percepción, y se dijo:

-No me presagia nada bueno esos nubarrones negros, mejor que me quede en casita y mañana será otro día. Pero al unísono acudió a su mente algo muy crucial: tenía que hacer frente a los plazos del automóvil. Y aunque sabía que, si algún mes no podía reintegrar al banco el recibo, tenía a su anciana madre que le prestaría el importe del mismo. Pero ya había hecho bastante la pobre mujer con haberle dadivado los setenta mil euros que le costó la licencia.

Sandoval desembragó, introdujo la primera y, sin que su auto retrocediera un solo milímetro, finiquitó el ascenso. Una vez en la arteria inició su tráfago por aquella oscura y triste noche, que para él no vaticinaba buenos augurios.

No se había alejado en demasía del garaje, cuando observa como una pareja de personas mayores le hacían señas para que se detuviera. Estos se hallaban con una maleta grande, de tonalidad fucsia, casi en el corazón de la vía. Eran las diez de la noche.

El taxista detiene el auto, a la vez que piensa:

Gracias a Dios que comienza bien la noche. Estos viejecitos no me van a dar ningún problema y nada tiene que ver con el pensamiento que he tenido al despertar.

Después de intercambiar con estos un cordial saludo les preguntó: - ¿dónde vamos?

–A la Estación del Norte, recibió por respuesta.

No era una carrera muy dilatada, porque desde Burjassot, Valencia, España, a dicha estación… Pero como él aseveró: -menos da una piedra.

-Que, ¿nos vamos de viaje a ver a los hijos y nietos que están fuera? Interpeló Antonio Sandoval.

–Si, confirmaron los interviuvados. Tenemos a los cuatro en Barcelona, pero sólo vamos a estar con ellos tres días. Después, mi yerno Antonio nos alargará al aeropuerto, porque nos vamos de crucero, apostilló él.

-Hemos elegido las Islas Griegas, dijo ella, saliendo de Venecia, porque nos han hablado muy bien de esas islas.

–Fabuloso, contestó Sandoval, pero para que llegue el tren que va por la noche a la Ciudad Condal aún falta.

–No viajamos en tren, sino en el coche de unos amigos que viven en Patraix. Ellos también vienen al crucero y al igual que nosotros van a visitar a su familia. Así que, hemos quedado citados en la calle Bailén, y después de tomar café hacemos marcha, porque es mejor viajar de noche, puesto que hay menos tráfico.

Sandoval paro el vehículo junto al bordillo, próximo a la entrada del aparcamiento de la majestuosa estación, dejó allí al matrimonio y se despidió con amabilidad de estos. Salió del recinto y se incorporó al tráfico dirección a la Avenida de Xativa

No había hecho nada más que efectuar el giro en la intercepción de ambas vías, cuando una persona joven le hace señas para que se detenga. Sandoval paró suavemente junto al borde y el muchacho, con evidentes síntomas de embriaguez, se introduce en el vehículo por la parte trasera. El taxista de inmediato se percató de ello y se dijo para si mismo: -veremos a ver si éste, al margen de vomitarme aquí dentro, me paga. -

¿Dónde le llevo?

–A Benimanet, junto a la iglesia, por favor, contestó el nuevo usuario.

Sandoval, para no cavilar más sobre si le abonaría o no la carrera, inició una conversación sobre política con el bisoño, y no llevarían dialogando del tema ni un minuto, cuando el mancebo se abandonó en los brazos de Morfeo.

Antonio, al percatarse que hablaba en solitario, se tapó la boca con la mano para que el cliente no despertara al detectar su risa. Llegó al lugar especificado, y con un suave hemos arribado al lugar que me indicó, señor, avivó al chaval. Éste pregunta cuál es el importe por el viaje y el taxista le dice que seis Euros. Se introduce la mano en el bolsillo trasero del pantalón y ofrece a Sandoval un billete de diez para cobrar, El taxista intenta dar el cambio y, ante su asombro, el cliente, medio adormilado, le dice:

-Quédese con el cambio…