Relatos y vídeos de mis viajes

Me llaman "El crucerista"

Uno de los placeres de esta vida que Dios me da la oportunidad de disfrutar es el viajar, sobre todo a bordo de un barco.

Hasta la presente he realizado cuarenta y cuatro cruceros (de ahí que mis amigos me llamen "El cruccerista") abordo de diversas naves, pero los dos que más recuerdo con cariño son los que efectué con el "Costa Concordia". En febrero  del año 2008, cuando este barco sólo llevaba nueve meses navegando, y el último desde el día treinta de diciembre de dos mil once al nueve de enero de dos mil doce. Es decir, mi viaje terminó cuatro días antes de su hundimiento.

Yo viajé en el Costa Concordia

Impresionante vista del Costa Concordia, atracado por última vez en el puerto de La Valeta, Malta.

Mi amigo Antonio y su esposa Trini fueron los que me estimularon para que hiciera un crucero con ellos. En un principio tuve un poco de recelo, puesto que todavía estaba latente en mi mente la nefasta experiencia, hacía algunos años, abordo de la desaparecida nave “Plus Ultra”. Pero ellos me tranquilizaron, informándome ampliamente de la envergadura de los trasatlánticos actuales. Este hecho me tranquilizó bastante y no demoré en adquirir el pasaje.

Llegamos con bastante antelación a la salida del mismo, pues si la memoria no me es infiel, era sobre las trece horas cuando la nave fondeaba en el puerto de la Ciudad Condal.

Nos alojamos en la amplia sala de espera del “Pala Crucero”, Barcelona, y por recomendación de mi colega Antonio, salimos a la terraza para contemplar las vistas marinas y de la ciudad Condal. Y estando disfrutando del paisaje, observamos en la lejanía al Costa Concordia. Se aproximó al muelle, y antes de entrar en él, aprecio como hace un giro de ciento ochenta grados y entra de popa hacia el lugar donde estaba previsto que atracara.

Aquella situación era novedosa para mí, y a la tesitura de contemplar la magistral maniobra de éste, he de añadir la majestuosidad con la que irrumpió en la ensenada. Acto seguido, mi compañero de viaje me aseveró:

-Pepe, ¡no ves que poderío tiene el Costa Concordia! Y que razón llevaba, porque después de inmortalizar con una foto el instante de mi primer crucero, al pasar a su interior quedé vislumbrado.

En primer lugar, me topé con la elegancia de la tripulación, que muy corteses me condujeron hasta mi cabina. Un mobiliario señorial, con unos salones de baile decorados con mucho estilo y una iluminación bastante ostentosa, puesto que, desde mi particular punto de vista, sus reflectores excedían el barroquismo.

Partimos para Mónaco, las ciudades italianas de Savona, Chivitavequia (Roma), Nápoles, Palermo (Sicilia) y la Isla de Malta. De allí un día de navegación y regreso al punto de partida. Y después de algunos años, si la memoria no me falla son once, sigo pensando que en mi primer crucero fui muy feliz, y en los restantes también.

Me inscribía en todo tipo de concursos y juegos y llegué a “interpretar” el papel de Peter Pan con el equipo de animación. También bailé más que una peonza, bajé a tierra en todos los puertos, bebí y comí en demasía, hasta el extremo que mi vestuario me oprimía más de lo que deseaba.

Después de esta agradable pericia, realicé muchas travesías con la naviera Costa Crucero (en la actualidad poseo once maquetas de los barcos de su flota, entre ellas las del Costa Concordia), Pullmantur, Celebrity Cruise, Royal Caribeam, MSC y la desaparecida Happy Cruise., pero no tuve la coyuntura de viajar más en esta nave hasta finales de diciembre del año dos mil once.

Cuando de nuevo pasé al interior de este navío observé que su decoración había cambiado. A pesar de la renovación que habían efectuado, seguía conservando el buen estilo en su ajuar, pero sus fanales eran de una elegancia más de la época actual, menos la de la sala que se llamaba Berlín. Todo había sido trastocado, pero esa gran lámpara de lágrimas, que seguía en el mismo sitio de siempre, intacta y ocupando en el techo casi el ochenta por ciento del círculo de la pista de parqué.

La estrella de todas las actividades que hubo en aquel crucero fue la noche de fin de año. La “Noche Vieja” se desarrolló acorde para la población de habla Hispana, porque tuvimos asignado a un muchacho de Madrid, como asistente, y éste se preocupó de congregarnos a todos en el teatro. Y desde una gran pantalla de televisión pudimos disfrutar de la retransmisión de las doce campanadas desde la Puerta del Sol, Madrid.

Anterior a este tradicional acto, nos dieron nuestra bolsa cotillón, bailamos y bebimos hasta bien entrada la madrugada. Sobre las cuatro de la madrugada todos nos fuimos a nuestros respectivos camarotes, y al día siguiente visitamos Palma de Mallorca.

Llegó la hora de desembarcar, pero días antes, en una de mis idas y venidas a las salas de baile me hice esta interpelación: -

¿Mira que si esta mole se tumba?

No sé el por qué tuve esa premonición, porque, en realidad, cuando embarco en una nave lo menos que viene a mi mente es que va a ocurrir un desastre. Pero lo cierto es que, cuatro días después que desembarcara en Barcelona, esta maravillosa embarcación colisiona con una enorme roca, por haberse aproximado en demasía a la costa, y deja de existir como tal, al margen de las desgracias personales que se produjeron.

Cuando me comunicaron la noticia, y posteriormente presencié las imágenes por la televisión, se me asió un nudo muy grande en la garganta, hasta el extremo que provocó que me afloraran las lágrimas. Pareció como si aquel buque, de ciento cuarenta y siete mil toneladas, fuera de mi propiedad.

Lo positivo de todo ello es que, en un principio, mis pensamientos eran viajar en la fecha que se hundió. Es decir, desde el día siete al catorce de enero, ambos inclusive. Pero al final me resultó más atractivo pasar una entrada de año en el mar.

"Escapada al salvaje oeste"

Quisimos aventurarnos en el salvaje oeste y para ello nos desplazamos hasta el mítico "Fort Bravo". Allí, no sólo fuimos testigos de una descomunal bronca, con tiroteo incluido en la cantina, sino que nos pudimos enterar por un vaquero que sobre las dos y media de la tarde se iba a producir un atraco al banco. Y por si se escapaba un balazo nos fuimos de allí lo más rápido que pudimos, entre otras cosas porque se apróximaba la hora de comer.

Como muestra de ello les dejo este interesante vídeo que espero que les guste.

 

 

Faro de Maspalomas, uno de los lugares más emblemáticos de Gran Canaria.

Un crucero por las Islas Canarias

Hay un pasodoble español titulado Islas Canarias, cuya letra, entre otros piropos a esta bendita tierra, tiene una estrofa que dice así: -El Mundo tiene una Europa, Europa tiene una España y España tiene un jardín que son las Islas Canarias.

 

Si tiene la intención de hacer un crucero, escoja el que hace el recorrido por las Islas Canarias, porque, entre otras cosas, le va a encantar. Disfrutará de un sinfín de opciones, especialmente, vivir la naturaleza en su estado más puro. Así que, váyase a una agencia de viajes, seleccione la naviera que le oferte, con arreglo a su economía, el mejor precio y dispóngase a disfrutar durante siete días de muchas maravillas, al margen de lo que le brinden a bordo del buque que haya elegido, lo cual será una dicha más a contarle a los amigos.

 

Supongamos que ya ha decidido tomarse ese merecido asueto, ha adquirido su pasaje y, como es lógico, en la oficina correspondiente le habrán ofrecido, al margen del todo incluido, la opción de viajar en avión desde Madrid o Barcelona. Aterrizará en el Aeropuerto de Gran Canaria, y desde allí un empleado de la naviera correspondiente le trasladará hasta la terminal situada en el antiguo “Muelle de Santa Catalina”, a escasos metros del “Centro Comercial el Muelle” y el emblemático “Parque de Santa Catalina”.

 

Una vez en dicho lugar, si tiene relleno los impresos que le han exigido y toda la documentación en regla (pasaporte etc.), el embarque será rápido. Una vez en la nao, amablemente un miembro de la tripulación le acompañará a su camarote, que desde mi particular punto de vista es preferible uno interior, porque, además de ser más económico, éste sólo lo utilizará para ducharse, cambiarse de ropa y dormir.

 

La estancia en el dique de Gran Canaria no es muy prolongada, aunque todo dependerá de la hora de llegada y regreso de su vuelo, pero es preferible irse un día antes de la salida o uno después de la finalización del crucero. Y si esto último es posible, no contrate ninguna excursión con la compañía que viaje. Lo mejor es irse a la salida del puerto (no más de cien metros) y acordar un precio con un taxista, al cual le tendrá que decir lo siguiente: -Lléveme a los lugares que suelen visitar los isleños.

 

Como natural de Gran Canaria, le sugeriría el Barrio de Vegueta, con la catedral de Las Palmas, capital de la isla, el Museo de Colón, y en la calles aledañas al vetusto Mercado Municipal, se puede encontrar lugares en el que los canarios/as aficionados a su folklore, mientras se echan un *pizco de ron, entonan maravillosas Folias, Isas, etc., sin que le pidan un solo Euro a cambio , pero eso sí, si están en un bar, tendrá que consumir algo, y si invita a los de la rondalla a un trago tendrá música para rato. También, como está cerca del dique, dese un paseo por el Parque Santa Catalina y visite la estatua de quien fuera una gran amiga, a la cual se le conoció por el sobrenombre de “Lolita pluma”.

 

En Santa Cruz de Tenerife también hay mucho que ver, pero, desde mi particular punto de vista, sigo pensando que la idea de contratar un taxi es la mejor elección para ver cosas importantes a un precio que no es abusivo.

 

Si quiere mi consejo, muy cerca del puerto está la parada del tranvía, con el cual se puede dar un viajecito al pueblo de La Laguna, una relajante localidad en la que las edificaciones tienen mucho sabor cubano, con unos bares y restaurantes donde podrá deleitar las famosas papas arrugas con mojo picón, papas bonitas, etc., etc. Y como no decirles que, si el tiempo se lo permite, la visita al “Valle de la Orotava” y el emblemático Teide es obligada.

 

Al día siguiente desembarcará en la maravillosa isla de Santa Cruz de la Palma, a la cual también se le conoce por el apelativo de “La isla bonita”. Prodigiosa ínsula llena de vegetación y lugares de ensueño para hacer senderismo y oxigenarse los pulmones de aire puro con aroma a “Pino Canario”.

 

También, es probable que se encuentre a su paso cuervos que pasearán junto a usted mendigando alimento. ¡Ah! Y si opta por contratar aquí también los servicios de un taxista, tendrá garantizada la amabilidad y familiaridad de los profesionales del volante.

 

Al margen de la ruta por las islas, el buque, después de un día de navegación, arribará en la ciudad marroquí de Agadir. Allí tendrá que tener especial cuidado con los chóferes, porque lo más probable será que se saltarán algún lugar a visitar y le lleve de compras. Pero si a usted le seduce la idea, por lo que le pidan veinte Euros, dele diez y no de un paso atrás, porque entonces la compra pierde toda su esencia. De todas formas, hay emplazamientos maravillosos, con muchas palmeras a la vera de los ríos y durante el trayecto se puede encontrar con rebaños de Dromedarios que le impiden el paso a los vehículos, y no hablemos de las extensiones kilométricas de árboles que en la actualidad están muy de moda: El Argán.

 

Después de abandonar el puerto de Agadir y navegar durante la noche, llegará sobre las trece treinta horas a Lanzarote. En esta isla la nave no tiene una escala muy prolongada. De todas formas, puede visitar lugares fastuosos como “La Montaña de Timanfaya”, que le dará la sensación de que se encuentra en un paisaje lunar, “Jameos del Agua”, con sus cangrejos albinos, Jardín de Cactus, donde ninguno de ellos se repite, etc., etc. También, quedará absorto/a con la exquisita arquitectura de Salvador Manrique de Lara. Después, si todo lo que ha visitado le ha gustado, vuelva a la isla, porque en cada inspección encontrará algo más y lo de siempre, es decir, amabilidad y simpatía.

 

El día antes de su desembarco el buque arribará en Puerto del Rosario, Fuerteventura, otra perla en medio del océano atlántico. Aquí le recomendaría lo de siempre, es decir, contratar un taxi, y si en su lugar de residencia no hay playas, dígale al conductor del vehículo que le lleve. De todas formas, los lugares que en esta isla se puede visitar, al margen de sus playas y las inmensas dunas de arena color oro y paisajes relajantes para la vista y el espíritu, son: Corralejo, Betancuria y la fábrica de “Quesos Majoreros”, donde le expenderán verdaderas delicias en tiernos, semi curados y curados. También, en Fuerteventura hay bares y restaurantes donde podrá seducirse con exquisitas carnes, las clásicas papas arrugás y el mojo picón, el “Sancocho”, “Potaje de berros”… Y para degustar de todo esto le recomendaría un restaurante llamado “El rincón de Isa” (muy cerca del puerto), donde, además de tener unos precios bastante aceptables, el trato es cercano, exquisito y familiar.

 

 

 

Galicia es uno de los lugares de España que se debe visitar por su mar, sus paisajes, su verdor, su gente...

Un mar de felicidad

Si tengo que ser sincero, tenía mis recelos sobre si iba a ser feliz en este crucero con embarque en Venecia (Italia), con destino a:Atenas (Grecia), Katacolon (Olimpia) (Grecia), Kotor (Montenegro) y Split (Croacia), para finalizar en el mismo punto de partida.

Por un lado ya conocía a seis miembros del grupo, con los cuales nos dimos cita en Mestre, Italia, pero al resto, hasta un total de veinte, no. Pero me equivoqué, puesto que conocí a unos malagueños con mucha casta y gracia, al margen de haber notado al instante el mar de energía positiva que despositaron todos ellos en mi ser.

Si fuera a enumerar cada uno de los instantes de dicha y satisfacción que viví, creo que, posiblemente, necesitaría mucho espacio y, seguramente, no encontraria las palabras precisas para definir a cada uno de ellos. Por eso, para no extenderme más, porque lo bueno si es breve, es tres veces bueno, sólo digo que mil gracias, malagueños del alma, porque ante vosotros hay que quitarse el sombrero. ¡¡Ole, ole, y ole!!

También, y no por ser los últimos son menos importantes, Maricarmen y Eugenio, que parece que cuando viajamos los cuatro juntos somos uno solo. Gracias, gracias y mil veces gracias.

Impresionante aspecto de la motonave Costa Luminosa, un barco que, al margen de su embergadura, hace honor al nombre con el que fue bautizado.

Buen trato, amabilidad y simpatía fue lo que nos aportó la empresa de "Il Trenino Della Felicitá" cuando visitamos Bari, Italia.

Daniela, todo un encanto de personas, que si alguna vez visita Bari, Italia, súbase al "Trenino" que no va a salir defraudado.

Este es el grupo que pasó un crucero de maravilla. La instantánea corresponde a la visita a la ciudad de Bari, Italia, con la simpática guia del "Trenino della Felicitá".

El Diario de Abordo, muy importante para estar informados de todos los horarios de espectáculos, de comidas y actividades a bordo del Costa Luminosa, una nave que le sienta que ni pintado el nombre.

New York, New York

Vista aérea de New York

El típico bus escolar Neoyorquino

De los muchos viajes que he realizado el que más me ha fascinado es el que realicé en dos ocasiones a New York, coincidiendo con la famosísima maratón de dicha macro ciudad.

 

El decidir ir a visitar la ciudad de los rascacielos fue por casualidad. Una persona me propuso, en una de las carreras en las que participé, ir a correr las veinte y seis millas, como le llaman los neoyorquinos, y acepté.

 

Esta sugerencia, en un principio, me pareció una locura, dado que mi situación económica en aquellos instantes no era muy boyante que digamos. Así que, sin esperármelo, recibo la oferta de los organizadores de vender papeletas para una rifa, y ni que decir tiene que con lo que expendí entre mis amistades me costeé el viaje e inscripción, si bien.

 

Antes de que el avión aterrice, en el aeropuerto John F. Kennedy, le solicitarán que rellene unos impresos para el Departamento de Inmigración, en el cual le instan a que conteste a una serie de preguntas. Entre ellas se encuentra la cantidad de dinero en efectivo que lleva para los días de estancia en la ciudad.

 

Cuando llega al riguroso control policial, después de una espera algo dilatada, le registrarán minuciosamente su equipaje y si le encuentran algún alimento, bebidas o algo que ellos consideren peligroso para la salud en los Estados Unidos de América, sepa que se lo decomisarán e irá, presumiblemente, directamente a la basura.

 

Una vez superado dicho examen, se encontrará en un lugar bien visible a la persona o personas que se encargarán de su trasladarlo al hotel y, posiblemente, lo transportarán en un bus, o en un monovolumen de nueve plazas, dependiendo de las personas que vayan al mismo alojamiento que usted.

 

Si usted es de los que piensan que si no sabe hablar la lengua de Shakespeare va a tener problemas de comunicación, estoy totalmente en desacuerdo, ya que, después del inglés, el idioma más hablado en “La Gran Manzana” es el castellano.

 

Una vez acomodado, y según su hora de llegada, decide salir a dar un paseo y comenzar a ver cosas, pero teme perderse, porque en una ciudad tan inmensa… Nada de eso, sólo tiene que saber, si con anterioridad no ha adquirido un plano, que las avenidas van de norte a sur y las calles de este a oeste. Todo es una cuadrícula, similar a las libretas y blogs que expenden en las librerías. Así que, simplemente. tiene que saber que su hotel, por ejemplo, está en la 5ª Avenida con la calle 44 este, lo demás es coser y cantar.

 

¿Qué se puede ver en New York? Infinidad de cosas: Opulencia, miseria, grandes almacenes, como los famosísimos Macy’s, museos, la Trump Tower, tienda Disney, comprarse una joya en Tiffany, en la 5ª Avenida, ver un partido de la NBA en el Madison Square Garden, Times Square, el Broadwai… Todo dependerá de los dólares que usted disponga para gastar. Pero, por ejemplo, en la recepción del hotel puede solicitar folletos de excursiones organizadas, como “Los contrastes”, El alto y bajo Manhattan, visita a la Estatua de la Libertad o, si le apasiona las vistas aéreas, sobrevuele la ciudad en helicóptero.

 

Si quiere visitar la Estatua de la Libertad puede hacerlo de varias formas: Primero, tendrá que desplazarse en metro. Bus, taxi, etc., hasta Walk Streep. Allí tiene las opciones de verla desde el aire en helicóptero o trasladándose en ferry. En este último medio tendrá que decidir por dos métodos: o coger el ferry gratuito o el de pago. En el regalado, gentileza del gobierno de la ciudad, le trasladarán hasta dónde está ubicada la emblemática efigie, le darán una vuelta por todo su contorno, sin que pueda bajar a tierra, y le regresarán al punto de partida. En el de pago, además de sacar unas fotos magníficas desde la nave, bajará a tierra y la podrá ver detenidamente, pero no se haga ilusiones de observarla por su interior, porque si no ha adquirido las entradas con bastante antelación…

 

Que las adquirió con adelanto, sepa que en la base hay un museo con toda la historia de la estatua. Luego, si sus piernas y su constitución física se lo permiten y quiere disfrutar de las magníficas vista desde la cabeza del monumento, tendrá que ascender y luego descender por una escalera de caracol, que, si la memoria no me es infiel, consta de unos trecientos sesenta y cinco escalones, pero merece la pena el esfuerzo.

 

Si no le apetece, pues cuando llegue el próximo ferry se traslada hasta Ellis Island, ya que el billete es de ida y vuelta y podrá estar todo el día moviéndose de isla en isla.

 

En Ellis Island puede visitar el museo donde se encuentra la historia de los primeros emigrantes que ponían en cuarentena antes de su entrada a New York, etc., etc. Después, si lo desea, puede almorzar, tomarse un refresco, una cerveza o café en los restaurantes que allí hay y pasar el día tranquilamente hasta la hora que haya decidido regresar.

 

Al día siguiente de su visita a Ellis Island, por ejemplo, puede darse una vuelta por Central Park, que tiene unas dimensiones de cuatro kilómetros de longitud por ochocientos metros de ancho. Cuando se encuentre dentro de dicho parque se puede encontrar de todo: personas practicando variados deportes individuales, partidos de tenis, deambulando con patines de un lado a otro, pintores y músicos callejeros… Y no se sorprenda si se le acerca alguna ardilla a mendigarle alimento, porque eso es normal que lo hagan estos simpáticos animalitos. También se topará con los vendedores ambulantes que le ofrecerán prendas de la NBA y de la liga americana de Beisbol, como camisetas, gorras, bufandas, pasamontañas etc., todo, presumiblemente, con certificado de autenticidad de los más prestigiosos equipos del país.

 

Que usted es religioso, pues en la 5ª Avenida tiene importantes templos como la Catedral de San Patricio, la Basílica de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, Saint Thomas… En estos templos se podrá maravillar de su arquitectura, pinturas e imágenes de un altísimo valor cultural y económico.

 

Otra de las opciones que tiene para disfrutar durante su estancia en la City, es visitar, entre otros, el Empire State Building, Rockefeller Center, Edificio Flatiron, más conocido como la plancha, y Gran Central Terminal. En el primero de ellos, previo pago, puede subir en ascensor hasta la planta noventa y seis, y desde su azotea podrá deleitarse de unas maravillosas vistas, ir a ver una película en 4D, etc., etc. En Rockefeller Center, si va con sus hijos/as, mientras usted y su señora están de compras, podrá alquilar unos patines para que estos disfruten de la pista de hielo que hay antes de la entrada a este lujoso centro comercial.

 

En el tema gastronómico existe también un amplio abanico: Pizzerías, donde algunas veces ponen buenas ofertas, y por dos dólares se podrá comer una generosa porción de pizza, a su gusto, y un buen vaso de Coca Cola o Fanta de varios sabores. ¿Qué le apetece otro tipo de alimento? Pues puede escoger los conocidos bufet, donde la comida es al peso, es decir, a “X” dólares la Libra. Y si su economía se lo permite, y no ha adquirido un paquete donde va incluida la pensión completa, váyase a uno de los restaurantes típicos españoles, argentinos, etc., que seguro que, además de comer bien, pagará una elevada nota.

 

Un detalle también a tener en cuenta, es que si usted es corredor/a popular podrá visitar todos los barrios de New York corriendo su mundialmente famosa maratón. Saldrá de Staten Island, subirá el puente Verrazano, con un ascenso y descenso de, aproximadamente, cinco kilómetros, pasará por Brooklyn, Queen, Manhattan, Bronx y Central Park, donde está ubicada la meta, y todo ello por las principales avenidas y arterías. Así que el ventalle es amplio.

 

Si alguna persona le dice que la “Gran Manzana” es una ciudad insegura, sobre todo el Bronx, no le haga mucho caso, porque, por ejemplo, inestable puede ser cualquier pequeña ciudad si usted va trajeado, luciendo joyas, un reloj de alta gama y va mostrando un buen puñado de dólares. Sólo le diré lo que me aseveró un guía neoyorkino:

 

-En Manhattan parece que no hay policía, pero al menor movimiento salen hasta de las alcantarillas. Así que paséese por todos los barrios tranquilamente con ropa sencilla y zapatillas que nadie la va a importunar.

Moto nave "Ocean Pearl", chiquita, divertida y muy familiar, donde en los dos curceros que realicé gané el concurso: "El macho Ibérico"

Tanto Pilar como yo, somos de las personas que hacemos amistades en cada crucero que realizamos. En este, a bordo del MSC Preziosa, tuvimos la suerte de conocer a cuatro maravillosas persona: Emi, Kati, Luis Lizondo y Toni y depués de cinco años todavía conservamos la amistad.

Lourdes, una bonita ciudad francesa que posee lugares maravillosos donde puedes recrearte el sentido de la vista.

Panorámica de Ville Franche, Montecarlo, Francia, tomada desde un mirador de la localidad

MSC Fantasía, espectacular nave en la que tuve la gran suerte de subir a ella una semana después de su viaje inaugural.

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Primera visita de mis tíos a Valencia, España

Crucero por las Islas Griegas, Italia y Montenegro

Costa Fascinosa, maravilloso crucero el que hicimos con la extraordinaria compañía de mis tíos Alicia y Manolo y nuestros queridos amigos Maricarmen y Eugenio.

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Crucero por las Ciudades Bálticas

Brilliance of the Sea, una nave de la naviera Royal Caribbean, con la cual tuvimos que navegar de noche a toda máquina por el Canal de Suez, para no ser asaltados por los piratas somalies

Un maravilloso viaje a Lourdes, Francia, con mis tíos Alicia y Manolo

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Mi primer viaje

Antígua Motonave Plus Ultra, con la cual viajé desde el Puerto de la Luz, Gran Canaria, hasta Sevilla, pasando por Cádiz.

Siempre me ha encantado el mar y, sobre todo, los navíos. De hecho, de pequeño, muchas veces iba al mirador que había en mi barrio, Escaleritas, Las Palmas de Gran Canaria, España, a contemplar la salida y entrada de los barcos.

 

Unos eran cargueros, otros de pesca, petroleros... Pero los que más me llamaban la atención eran los grandes e importantes transatlánticos de la época: Queen Mary, Queen Elisabhet, etc., sobre todo cuando los veía acercarse al puerto, tocando la sirena para avisar al práctico para que los remolcaran. También las embarcaciones de la Compañia Transmediterránea tenían su encanto.

 

Esta naviera poseía muchos bonitos y coquetos paquebotes, aunque a mi también me atraían los correillos. La misión de éstos era el tránsito de pasajero entre las Islas Canarias y colonias españolas en el continente africano, entre ellas Sidi Ifni

 

No recuerdo con exactitud la dimensión de su eslora, pero todavía visualizo que eran pequeñitos, su casco de color negro, las dependencias, como restaurantes, camarotes, etc. pintadas de un blanco inmaculado, y la chimenea, larga y amarilla, con una franja roja enmedio. Luego estaban los que hacían largas distancias, pero su aspecto era más señorial, y para aquellos años, década de los cincuenta, hasta tenían sus admiradores entre la población infantil.

 

En más de una ocasión hasta tuvimos nuestras desavenenciais cuando mencionaban despectivamente a nuestro buque predilecto. Pero los míos: Queen Mary y Queen Elísabhet, nunca recibieron ninguna frase peyorativa. ¡Hasta ahí podíamos llegar!

 

Lo que son las cosas del destino. Cuando menos me lo esperé me ví en el interior de uno de ellos que se llamaba Plus Ultra, y no por motivos de placer, sino por otros que no vienen al caso mencionar.

 

Me dirigí a las ofcinas de la Compañía Transmediterránea, que a finales de la década de los cincuenta se hallaba a la entrada del "Muelle Santa Catalina", lugar dónde hace más de cinco siglo Cristobal Colón atracó con la Pinta, la Niña y la Santa María, y fruto de mi ignorancia, debido a mi juventud (recién cumplidos los diez y seis años), pedí un billete en camarote de tercera para Granada.

 

Mi desilusión fue muy grande cuando el señor de la ventanilla me dijo:

 

-¡Niño, Granada no tiene puerto!

 

Le profié al empleado de la compañía que si en el mapa veía mar, tenía que haber puerto. Al final me hicieron la aclaración de que si había puerto, pero no para viajeros, sino para pequeños buques de pesca y carga. Así que me expidieron un pasaje para Sevilla, porque, al parecer, era el puerto más próximo a la ciudad de la Alhambra.

 

Me despidieron a pie de escalinata varias personas, entre ellas mi padre y unos vecinos del barrio de la Isleta, lugar este muy cercano al Puerto de la Luz. Entre ellos iba una chica de mi edad, la cual prometió con lágrimas en los ojos que me esperaría hasta que yo regresara.

 

Subí la escalinita de madera con mi maleta de cartón, color café con leche, y antes de ir al camarote, el cual tenía que compartir, al menos, con treinta personas, me quedé apoyado en la barandilla, para sentir esa sensación que muchas veces había presenciado en las películas.

 

Debajo de mi, casi a pie de escalera, tenía a muchas personas que acudieron con el mismo propósito que los míos. Es decir, daban infinidad de consejos y recados a los suyos con lágrimas en los ojos.

 

El Plus Ultra comenzó a despegar del puerto, a la vez que su sirena emitía sonidos roncos y lastimeros. Los que quedaban en tierra enarbolaban pañuelos blancos al viento, a la vez que mojaban estos con sus secreciones.

 

Pasé a mi compartimento y conforme nos retirábanos del muelle la nave comenzó a moverse, al menos para mi, en demasía.

 

Dos días estuve vomitando. No comía, y en cuanto hacía la intención de levantar la cabeza de la almohada regurgitaba lo poco que quedaba en mi estómago. Pero gracias a un alma caritativa, un legionario que iba de permiso para su tierra natal, Galicia, no me deshidraté.

 

Me vi en aquél apestoso lugar desamparado, y lo máximo que recibí del resto de personas eran estas preguntas:

 

-Niño, ¿estás mejor? ¿Cómo se te ocurre hacer este viaje solo?

 

Aquel soldado, que al ejercito que pertenecía no tenia buena prensa entre la población civil, se defecó a grandes voces en todo lo que se meneaba, y juraba por Dios que si no venía un doctor incendiaba el barco. Al final acudió el oficial médico y me reconoció.

 

Llegando a Cádiz, España, comencé a sentirme bien. Bajé a tierra y me fui con el legionario de cervezas y a visitar Puerto Real, ya que este pueblo lo había sentido mencionar muchas veces en mi bendita tierra. Subí a un trolebús y en un tranvía, porque todo aquello era nuevo e importante para mi.

 

Cuando llegó el momento regresamos al buque y partimos hacía Sevilla. Disfruté, junto al legionario, del indescriptible espectáculo de la unión del Río Guadalquivir con el Mar Mediterráneo. Navegamos hasta la capital andaluza, y de allí en un taxi pirata con otras personas hasta Granada.

 

Fueron cerca de tres días de puro sufrimiento, pero todo pasó con el simple hecho de que un Caballero Legionario al despedirme de él me dijera:

 

-Chaval, si alguns vez te encuentras en apuros tu gritas: ¡a mi la Legión! y al instante corro en tu ayuda.

Popurrí de mis cruceros

Un maravilloso domingo por La Albufera, Valencia, con mis amigos de Canarias Alicia y Antonio

Crucero con la Royal Caribbean a Dubai

Arábicos dándonos la bienvenida a Dubai

Maravillosa estampa del hotel Burj Alarab, Dubai

Dubai, ciudad de lujo y ensueño

 

 

He hecho infinidad de viajes en todo tipo de transporte, pero lo que más me fascina son los cruceros.

 

Con la última travesía que realicé a las Islas Griegas, que en otra ocasión les relataré, mi experiencia, si no contabilizo mal, son ya cuarenta y cuatro, pero el que viví a bordo del “Brillance of the sea” fue inolvidable.

 

Visitar el museo de Egipto y ver, entre otras piezas históricas, in situ la máscara de “Tutancamon” (veinticinco kilogramos de oro), montar en camello por el desierto, visitar Petra (Jordania), navegar por el Canal de Suez… Y para ponerle la guinda al pastel, que te anuncien por megafonía que la nave navegaría a la máxima potencia, con las luces apagadas, para evitar algún posible ataque de los piratas somalíes. Así que este viaje fue una pericia en toda regla, lo demás es una tontería.

 

Si usted quiere pasar unas vacaciones de ensueño, vaya a los Emiratos Árabes, en especial a Dubai. Allí se va a encontrar con una ciudad que posee una simbiosis perfecta entre lo oriental y lo occidental. Sus museos temáticos están basados en la vida y costumbres de antaño y son un fiel reflejo de la cultura árabe. Pero nada tiene que ver con lo actual, puesto que, si a usted le vendaran los ojos y se los descubrieran en el centro de su metrópoli, tendría la sensación de estar en la Quinta Avenida de New York, pero totalmente remozada.

 

Pulcritud en sus vías, buenas comunicaciones y una ordenación perfecta del tráfico le hará sentirse cómodo. Además, la mendicidad y venta ambulante brillan por su ausencia.

 

Con ello no quiero desprestigiar a ninguna clase social, pero, y este es mi particular punto de vista, cuando alguien sale de vacaciones, sólo quiere disfrutar del momento, del entorno y que nadie te coarte tu quietud.

 

Tuve la gran fortuna de elegir a la Naviera Royal Caribean e ir a bordo del “Brillance of de Sea”.

 

Cuando desembarqué en el puerto de Dubai, con lo primero me topé, al poner pie en tierra, fue a un conjunto de arábigos que con su música y cánticos del país nos dieron la bienvenida. También, y es lógico que no faltase, un grupo de bereberes, ataviados a la antigua usanza con sus camellos, para que al turista que le apetezca se haga una foto de recuerdo. Después, y que no se le quede en el olvido, verá amarrado, en el mismo espigón que “su barco”, al primer “Queen Mery” de la historia, buque éste que perteneció a la naviera Cunard y que ahora sirve como museo naval, puesto que el gobierno DubaitÍ lo adquirió para tal motivo.

 

A continuación, si no obtuvo ningún paquete de excursiones a bordo, puede optar por tomar un taxi y hacer una visita al macro centro comercial de Dubai. Pero le sugeriría que utilice el microbús que el gobierno de dicho país pone, gratuitamente, a su disposición. Y si el vapor pernocta en dicho puerto más de un día, les exhortaría a que fueran , si es invierno, a partir de las cinco de la tarde, y se diesen una vueltecita por su moderno centro comercial. Pero eso sí, vaya bien preparado de dólares, o con una Visa oro, por si pierde la cabeza haciendo compras.

 

En los lujosos establecimientos, distribuidos en tres interminables plantas, podrá encontrar bonitos conjuntos de zapatos y bolsos por la bagatela de 1000€, los más económicos. ¿Qué no le apetece comprar nada? Pues mientras se hace de noche, sobre las siete de la tarde en enero, puede alquilar un equipo de buceo, meterse en la gran pecera, con un experto submarinista, y nadar junto a tiburones, rayas, tortugas marinas…

 

¿Qué no le agrada? Pues “los toros también se ven muy bien desde la barrera”. Es decir, desde fuera podrá comprobar como los demás juegan con los peces. ¿Qué a usted le complacería mejor esquiar? No se preocupe. Allí también hay una pista para que usted disfrute practicando este deporte. Se alquila unos esquís, se sube al telesilla, y desde doscientos cincuenta metros de altura se lanza cuesta abajo. ¿Qué le resulta muy costoso? No pasa nada tampoco, podemos disfrutar observando, a través de un gran escaparate, como los demás descienden, como juegan los niños conla nieve, etc., etc.

 

Ya el astro rey se ha retirado a descansar y usted quiere ver lo que pasa en el gran lago que hay justo enfrente a la puerta de entrada. Pues preparase, porque va a ser testigo de un maravilloso espectáculo acuático musical, porque a las espectaculares formas que toma el agua, hay que agregarle las notas de las piezas más famosas de la música clásica de todos los tiempos. También,  me atrevería a asegurarles que, si usted es una persona con sensibilidad musical, se va a emocionar.

 

Antes de inspeccionar el macro centro, sobre el medio día, se ha ido a almorzar al restaurante del hotel de siete estrellas, Burj Alarab. A la entrada, antes de llegar a recepción, les ofrecerán una bandeja de dátiles de un sabor súper exquisito.  Así que, no se corten, se pueden comer todos los que quiera sin que nadie les diga nada, porque, posiblemente, los recién llegados pueden ser personas que han pagado seis mil dólares por pasar una noche en una suite de las más económicas.

 

¿Qué si es barato comer? Depende de cómo lo mire. Si ciento setenta dólares americanos, el menú del día, le parece caro por no molestarse ni en llenar su copa de vino, utilizar cubiertos de plata, tener la sensación de comer sobre el mar (piso 25) y ser observado, a través de un cristal, por escualos, pues nada… Así que, desde mi particular punto de vista, con todos mis respetos, desistiría de ir a yantar al restaurante del barco, porque estos momentos sólo se viven una vez.

 

PD: NO RECORDÉ DECIRLES QUE SI RESERVA UNA HABITACIÓN EN ESTE MARAVILLOSO HOTEL, POSIBLEMENTE, LE RECOJAN EN EL AEROPUERTO CON UN “ROLLS ROY” COLOR BLANCO. ¡AH! SI ES UNA PERSONA MUY “IMPORTANTE”: MAGNATE DEL PETRÓLEO, HOMBRE O MUJER DE NEGOCIOS, LE TRASLADARÁN EN HELICÓPTERO Y ÉSTE ATERRIZARÁ EN EL HELIPUERTO, UBICADO EN LA PARTE MÁS ALTA DEL EDIFICIO DEL  EDIFICIO, DONDE PRECISAMENTE NUESTRO GRAN NADAL DIO UNA EXHIBICIÓN DE TENIS.

Si usted se alojara en el hotel Burj Alarab de Dubai, en una suite de seis mil dólares la noche, lo más seguro es que vayan al aeropuerto a recogerle en uno de estos vehículos.

Mi segundo viaje

Motonave Satrustegui, en la cual viajé en el año 1963

En un avión de estas características viajé desde Las Palmas de Gran Canaria a Sevilla, con escalas en Santa Cruz de Tenerife y Casa Blanca, Marruecos

Después de llevar, aproximadamente, dos años y medio disfrutando de la belleza de la ciudad de Granada, España, y realizar varios cortos viajes por las cercanías de esta urbe, el destino, o quizás fui yo, hizo que regresara a mi bendita tierra, Gran Canaria, España.

 

El camino de retorno lo hice también en barco, pero antes sentí la sensación, muy esperada por mí, de viajar en aquellos trenes que estaba acostumbrado a ver en el cine, que dicho sea de paso era toda una odisea, pero no dejaba de tener su encanto.

 

En esta ocasión me acompañó hasta Cádiz un gran amigo, que en Gloria esté, que se llamaba Antonio. Éste era mayor (podría ser mi abuelo), muy bajito, no mediría los ciento cuarenta centímetros, con lo cual el pobre en muchas ocasiones era objeto de las burlas por parte de gente despiadada.

 

Éste era muy amigo de la familia, vendía Lotería Nacional y muchas veces me pidió que lo acompañara para resguardarle el dinero y los décimos, y la verdad sea dicha, con él nunca me faltó de nada y presencié infinidad de partidos de fútbol cuando el Granada, década de los sesenta, estaba en primera división.

 

Llegamos el día anterior a la salida de la nave. Nos alojamos en una pensión, salimos a cenar y dar un paseo por “La tasita de plata”. Buscamos una freiduría y comimos pescado frito, muy fresco. Pero al margen de todo ello, lo que más me llamó la atención fue que me lo sirvieran en un cucurucho de papel estraza.

 

En nuestro paseo nocturno observo que en el letrero del restaurante había inscrito un apellido que me era muy familiar. Nada menos que se llamaba “Restaurante Jesús Mantecón”. Entramos en él con la curiosidad de saber si éramos familia, pero resultó, como se suele decir en mi tierra, “ser de otros López”.

 

Antonio me despidió, después de muchos buenos consejos, con lágrimas en los ojos a pie de escalinata del Satrustegui. Esta nave era mixta, es decir, de pasaje y carga, de una eslora superior al Plus Ultra. Tenía buena presencia y navegaba muy bien. Así que este barco sería el que me conduciría hasta Santa Cruz de Tenerife, allí me recogería mi fallecido tío Manolo, y siete horas más tarde me introduciría en un *correillo para Las Palmas de Gran Canaria (siete horas de viaje).

 

En un principio, pensé que iba a tener el mismo sufrimiento que en el Plus Ultra, pero en esta ocasión sin mi amigo el legionario y cavilé, cosas de adolescente:

 

-Si no me hacen caso digo como al Caballero Legionario, que le meto fuego al barco y verás cómo me atienden.

 

No hizo falta, porque tuvimos una buena travesía y me sentí muy bien. Hasta hice muy buena amistad con los de mi camarote, es decir, de tercera categoría, sobre todo con una compañía de revista portuguesa que iban a actuar en Santa Cruz de Tenerife. Pero ante he de aclarar que los hombres teníamos una cabina comunitaria y las mujeres otra. Cosas de aquellos tiempos.

 

Cuando me retrasaba a la cita con los compañeros de viaje, que siempre solía ser en la popa después de la cena, y me veían aparecer exclamaban:

 

-¡Ya viene por allí el niño!

 

A decir verdad, me sentí muy querido por aquellas mujeres y hombre que no tenían buena prensa por el simple hecho de pertenecer al mundo de las revistas musicales. Pero así es la vida.

 

Mi rumbo, que por lo visto no me quería en Gran Canaria, de nuevo me devolvió a Granada, pero en esta ocasión no regresé en una embarcación, sino en avión, o aeroplano como decíamos cuando éramos niños.

 

Si lo del buque que me condujo a Sevilla fue toda una aventura, no hablemos de la aeronave. Salí del aeropuerto de Gran Canaria (antes Gando), hicimos escala en la isla vecina de Tenerife, Casablanca, para aterrizar en Sevilla. Cinco interminables horas duró el trayecto, con las paradas antes mencionadas, en un bimotor, en el cual no vendríamos más de cincuenta personas.

 

Para adornar el viaje, al aterrizar en la ciudad de Casa Blanca, Marruecos, nos condujeron a una sala, en espera que nuestro nuevo embarque, en esta ocasión hacía el Aeropuerto de San Pablo, Sevilla, se produjera, y mira por dónde, allí detectamos la presencia de varios soldados marroquíes, provisto de fusiles. Hasta aquí todo normal, menos cuando se me ocurrió acercarme a uno de los ventanales a presenciar el despegue de un aparato. Entonces, fue cuando la cosa se puso cruda.

 

Sin percibirlo me veo encañonado por un militar con rostro de mala leche. Éste hablaba en árabe y movía su fusil en dirección contraria al ventanuco, con lo cual supuse que debía retirarme de allí, sí o sí. Pero por muy valiente que uno sea, asusta bastante ver un arma de fuego tan cerca de tu cuerpo.

 

El resto del retorno hasta la Ciudad de la Alhambra bien, sobre todo la comida que nos ofreció Iberia que, desde mi particular punto de vista, ni comparación con las actuales. ¡Perdón! Hoy es que no dan nada de la Península Ibérica a las Islas Canarias y viceversa.

 

De camino a Granada, lo que si recuerdo bastante bien fue que el taxi que nos transportaba, clareando el día, se detuvo en Santa fe, Granada, porque uno de los pasajeros se puso indispuesto. Allí me tomé un café con leche bien calentito y un par de **piononos que estaban de “muerte”, en un bar que se encontraba ubicado justo enfrente al lugar dónde se firmaron las históricas Capitulaciones Santa Fe.

 

Llegué a Granada y… Bueno, esa historia no pertenece al mundo de mis viajes.

 

*Nombre con el cual se les conocía a los barcos de la Transmediterránea que hacían el recorrido entre las Islas Canarias.

 

** Dulce muy típico y famoso, que desde tiempos inmemorables se elabora en dicha localidad granadina.