New York, New Yok

Las ardillas habitualmente polulan tranquilamente por parques y jardines de New York, y no se extrañen si se acercan a usted como si le conociera de toda la vida..

Vista parcial de la ciudad de New York captada desde un helicóptero.

El famoso Teatro Apolo de New York, por el cual han pasado un sin fin de estrellas del celuloide.

Aspecto nocturno de parte de la 7ª Avenida de New York.

Según me informaron, este autobús espera la llegada de la internos de la cárcel para trasladarlos a un lugar determinado para que cumplan su jornada lalboral arreglando carreteras.

Parece ser que en New York es habitual incendiar la vivienda para cobrar la prima del seguro, y según las estadísticas, los bomberos neoyorquino son los que más incendios sofocan del Planeta.

No todas las edificaciones de New York son rascacielos, esta, concretamente, pertenece a Queen.

Paisaje urbano de Brooklyn, New York.

La casa de Hamilton Grange, pues si sabe leer inglés, podrá informarse de lo que dice el cartel.

Vista aérea de Wall Stret

En todos los puertos es normal encontrarte una gaviota conviviendo con los seres humanos, y aquí, en Wall Street no iba a ser diferente.

El Empire State Building contemplado desde un helicóptero.

Según me contaron, monumento en el muelle de Walt Stree, New York, a los que han sido recatados del mar

El Emprie State Building visto desde la Avenida nº 2 con la calle 42 oeste.

Maratón de New York, paraiso del atleta

Dedicado con todo cariño al doctor José Carlos Rodríguez López y al entrenador de atletismo José Antonio Ortega, porque sin la desinteresada ayuda y el cuidado de los dos, quizás, hoy no estaría escribiendo este relato.

 

Recuerdo que el subtropical invierno de Motril, Granada, España, del año 1.993, estaba a punto de entregar el testigo a la primavera. Por simple rutina, me dirigí a la consulta de mi querido amigo José Carlos Rodríguez. No me sentía enfermo, por lo menos eso creía, pero mi intención no era otra que la de hacerme una usual analítica.

 

Al día siguiente, sobre las ocho de la mañana, estaba ofreciéndole mi brazo a la analista para la extracción. Al ser una compañía médica privada, sobre las dos y media de la tarde ya tenía en mi poder los resultados y se los llevé por la tarde a mi amigo-doctor. Éste le echó una ojeada y acto seguido abrió un cajón de su mesa y puso encima de ella un folio escrito. Al preguntarle que qué ponía en el papel, me dijo muy sereno:

 

-Esta es la dieta que vas a seguir a partir de mañana.

 

Le demandé que por qué debía seguirla y me contestó:

 

-Tienes el colesterol por las nubes y, además, debes hacer ejercicio.

 

A decir verdad, ninguna de las dos cosas me agradó, porque era, y sigo siéndolo, muy comilón y lo de esforzar mi cuerpo físicamente, por aquellas fechas, como que no. A todo decía que sí, de boca para afuera, claro. Pero cuando comprobé que tenía que estar pesando los alimentos e intuí que iba a “pasar hambre”, tiré la dieta a la basura. Acto seguido, sin que lo supiera Carlos, me confeccioné mi propio régimen. El mismo lo basé en eliminar los fritos, embutidos, bollería y todo lo que oliera a exceso de grasas. Después, una mañana, muy temprano, que no tenía que trabajar, salí a dar un paseo. No fijé distancia ni tiempo y cuando quise darme cuenta había recorrido dos kilómetros y regresé a casa.

 

Comprobé que al andar ligero se sudaba bastante y luego con la reconfortante ducha me sentía bien, y así unos días por la mañana y otro por las tardes, cuando me lo permitía mi profesión, y siempre bajo la batuta de mi médico, comencé a alargar los trayectos. Me introduje en la longitud de diez kilómetros diarios a paso de legionario. Iba perdiendo peso y el “veneno” del deporte se fue apoderando de mí poco a poco.

 

Tal fue su dominio que, un buen día, me encontré solo en una carretera sobre las seis de la mañana. El único acompañante que llevaba era el ritmo de mis pasos y el limpio y estrellado cielo de Motril, pero con una satisfacción indescriptible en mi interior. Tenía entonces cuarenta y ocho años.

 

Como estaba muy contento con la pérdida de peso, ya que cuando comencé a ejercitarme mi pequeño cuerpo soportaba ochenta y dos kilogramos, consulté la posibilidad de principiar a correr. El que vigilaba constantemente por mi salud dijo no a la idea. Sugirió que cuando llegara a los setenta kilogramos era el momento de iniciarme en el trotar, y así fue.

 

Seguí recorriendo mis habituales diez mil metros diarios, pero de forma combinada, y uno de estos días me sucedió algo muy extraño., que aconteció de esta forma:

 

-Iba tranquilamente trotando y de buenas a primera mi mente me dijo: -¿Qué se te ha perdido a estas horas corriendo por una carretera solitaria cómo esta?

 

De inmediato detuve mi marcha, aunque seguí andando. Sin saber todavía la explicación lógica de ello, noté como si una mano me empujara por la espalda y acto seguido me veo apresurándome de nuevo. Pero conforme iban pasando los días y bajaba de carga, Carlos me recomendó que trotara más distancia y que el tiempo del paso ligero fuera inferior. Así lo hice, hasta que esos diez mil metros los hacía sin pausa y a un ritmo lento, pero constante.

 

Cada día terminaba muy satisfecho de mi actividad física y quería más recorrido, pero José Carlos me sujetaba. Hasta que un buen día me propuso algo que para mí eran impensables:

 

-¿Te gustaría correr la “Media Maratón Internacional de Motril? (21,095 Km.) Haciendo gala de la honradez que me caracteriza, diré que solté un “uuuuuufffff” como la copa de un pino. Porque esa distancia sólo la había recorrido en un vehículo y de motor, claro está. Carlos insistió en la encuesta una y otra vez, al comprobar que yo había enmudecido. Al final pronuncié el si más maravilloso de mi dilatada existencia.

 

Era el mes de mayo de 1.993 cuando se presentaron ante mí dos meses de intensos entrenamientos. Electrocardiogramas, analíticas, radiografías, pesajes, dolores musculares… Pero con una ilusión muy grande por participar en la primera carrera de mi vida. Nada menos que iba a codearme con los mejores atletas nacionales y con los keniatas y marroquíes más prestigiosos del mundo del atletismo.

 

Una persona que se fumaba más de dos paquetes de tabaco diario y bebía como un cosaco, iba a participar en una competición. Pues llegué a pensar que todo era un dulce sueño y que cuando Morfeo me arrojara de sus brazos iba a volver a la cruda realidad. Pero no, allí estaba, en el punto de salida dispuesto a conseguir el triunfo más grande de mi vida. Tardé dos horas y seis minutos en recorrer la distancia reglamentada. Para mí y para José Carlos, que no me abandonó hasta que entré en meta, ya que hizo el trayecto en su moto, fue una gran conquista.

 

 

No me importó llegar casi de los últimos, pero en el camino se quedaron otros mucho más jóvenes que no pudieron con la distancia. Entré en meta con el pecho henchido de felicidad y con lágrimas en los ojos.

 

Después de esta divina pericia vinieron muchas más. Recorrí casi toda la geografía granadina participando en carreras de desiguales distancias. Luego vino la “Media Maratón Ciudad de Córdoba”, donde bajé mi tiempo sustancialmente. De dos horas seis minutos de Motril, pasé a una hora cincuenta minutos. Esto me animó bastante y cada vez quería más, hasta que en el año 1.995 me embarqué en la odisea de participar en la “Maratón Ciudad de Sevilla”.

 

Cuando se lo comuniqué a mi doctor preferido me dijo que estaba loco, que no debía hacerlo, que esperara, al menos, un año más. De nuevo me vi envuelto en una dura preparación. Esta vez más intensa en ritmos y distancias, al margen de las pruebas médicas. Aquí Carlos fue donde me quiso pillar diciéndome que en el electro había visto algo raro. Me informó que o tenía el corazón demasiado musculoso o algo extraño sucedía. Le dije que yo la iba a correr y que pasara lo que Dios quisiera.

 

Aquí fue dónde entró en escena mi gran amigo José Antonio Ortega. Él, altruistamente, me confeccionó unos planes de entrenamiento para que, como decía él, “un cadáver como yo no se muriera en el camino”. Era el veinte y seis de febrero y ese mismo día, del mes siguiente, cumpliría medio centenar de años.

 

Cuatro horas siete minutos fue el tiempo que tardé en cubrir la distancia de 42,195 Km.

 

Un triunfo más en mi vida que debía de anotar en mi “Cuaderno de Bitácoras”. Hasta que un día de verano de ese mismo año, en una de las carreras del “Premio Diputación de Granada”, alguien me pidió que le comprara un número para una rifa. Entonces le pregunté que el dinero que se sacara de beneficio a dónde iba a ir destinado. Me dijo que para poder participar en la Maratón de New York y que si yo quería podía ir también. que como única condición tenía que vender todos los boletos que pudiera y así, de esta forma, el viaje me saldría más barato. Lo pensé, no mucho, y me puse a ofrecer números con un loco. Saqué una ganancia de cuarenta mil, de las antiguas pesetas. Con lo cual, hasta ciento veinticinco mil que costó la expedición, me fue menos gravoso.

 

A decir verdad, fue uno de los viajes más maravillosos que he hecho en mi vida. Ocho días inolvidables en la ciudad de los rascacielos. Sobre todo a nivel deportivo, ya que al ir a recoger el dorsal comencé a adentrarme en un mundo fascinante. Regalos por doquier, amabilidad por todos lados y una agilidad, jamás vista por mi, en las tramitaciones, donde el acto estrella fue el discurso que nos dieron en las Naciones Unidas. Precisamente ese año, 1.995, se celebraba el cincuenta aniversario de su fundación y después de un paseo de siete kilómetros, tuvimos un desayuno de hermandad entre todos los atletas, en el mismo corazón de Central Park.

 

Llegó el día tan ansiado por todos los que concurrimos. Éramos un total, aproximadamente, de cuarenta y siete mil, situados en tres salidas: verde, azul y naranja. Hubo que madrugar mucho para ir desde la Séptima Avenida, frente al Madison Square Garden a State Island, porque el puente Berrazano lo cerraban a las nueve de la mañana. Llegamos con bastante tiempo al punto de partida y como hacía mucho frío fuera, nos quedamos en el autobús que nos trasladó, el cual, a la vez, hacía de ropero.

 

Allí se estaba muy calentito, hasta el extremo que la expedición de Granada, España, nos abandonamos en los brazos de Morfeo. Así, como suena. Un fuerte cañonazo nos despertó. Esto era señal evidente de que se daba la salida. Salimos a toda prisa hacía el lugar de partida y… ¿a qué no saben quién fue el último atleta en tomar rumbo hacía Central Park? No, no se han equivocado.

 

Había pactado con otro compañero que como él no se encontraba bien, yo iría a su ritmo para que no se viera solo durante el recorrido. Lo hice con mucho gusto hasta que faltaban diez kilómetros para llegar a meta. Éste me pidió que siguiera porque no podía más y que lo esperara en la llegada, y así lo hice. Pero antes he de decir que los habitantes de New York son maravillosos.

 

En días previos a la carrera me dijeron que iban a rezar por mi. Incluso me pidieron el número del dorsal para tenerlo en cuenta en sus plegarias. No hablemos durante el trayecto. Me brindaron fruta, pañuelos de papel, crema para las rozaduras y no mencionemos el espectáculo musical a lo largo de los cuarenta y dos kilómetros: Bandas de música, conjuntos de rock, majorette… y media ciudad volcada en todas las avenidas con un solo propósito: animar y piropear a todos los corredores que pasaban por su lado.

 

Cuando pasé por meta había invertido en el recorrido cuatro horas, treinta y un minutos. Bastante más tiempo que en Sevilla. Pero el que al traspasar la llegada te cuelguen una medalla de bronce al cuello, te abracen, te den las gracias por participar, te colmen de cuidados, atenciones y te regalen una rosa roja… Después, una vez abandonado Central Park, llegaron muchas felicitaciones de los neoyorquinos/as y no fueron una ni dos. Así que, pienso que todo esto sólo está a un paso del paraíso.

 

 

Así lo vi yo

De los muchos viajes que he efectuado el que más me ha fascinado es el que realicé en dos ocasiones a New York, coincidiendo con la famosísima maratón de dicha macro ciudad.

 

El decidir ir a visitar la ciudad de los rascacielos fue por casualidad. Una persona me propuso, en una de las carreras en las que participé, ir a correr las veinte y seis millas, como le llaman los neoyorquinos, y acepté.

 

Esta sugerencia, en un principio, me pareció una locura, dado que mi situación económica en aquellos instantes no era muy boyante que digamos. Así que, sin esperármelo, recibo la oferta de los organizadores de vender papeletas para una rifa, y ni que decir tiene que con lo que expendí entre mis amistades me costeé el viaje e inscripción.

 

Antes de que el avión aterrice, en el aeropuerto John F. Kennedy, le solicitarán que rellene unos impresos para el Departamento de Inmigración, en el cual le instan a que conteste a una serie de preguntas. Entre ellas se encuentra la cantidad de dinero en efectivo que lleva para los días de estancia en la ciudad.

 

Cuando llega al riguroso control policial, después de una espera algo dilatada, le registrarán minuciosamente su equipaje y si le encuentran algún alimento, bebidas o algo que ellos consideren peligroso para la salud en los Estados Unidos de América, sepa que se lo decomisarán e irá, presumiblemente, directamente a la basura.

 

Una vez superado dicho examen, se encontrará en un lugar bien visible a la persona o personas que se encargarán de su trasladarlo al hotel y, posiblemente, lo transportarán en un bus, o en un monovolumen de nueve plazas, dependiendo de las personas que vayan al mismo alojamiento que usted.

 

Si es de los que piensan que si no sabe hablar la lengua de Shakespeare va a tener problemas de comunicación, estoy totalmente en desacuerdo, ya que, después del inglés, el idioma más hablado en “La Gran Manzana” es el Castellano.

 

Cuando se acomode, y según su hora de llegada, decide salir a dar un paseo y comenzar a ver cosas, pero teme perderse, porque en una ciudad tan inmensa… Nada de eso, sólo tiene que saber, si con anterioridad no ha adquirido un plano, que las avenidas van de norte a sur y las calles de este a oeste. Todo es una cuadrícula, similar a las libretas y blogs que expenden en las librerías. Así que, simplemente. tiene que saber que su hotel, por ejemplo, está en la 5ª Avenida con la calle 44 este, lo demás es coser y cantar.

 

¿Qué se puede ver en New York? Infinidad de cosas: Opulencia, miseria, grandes almacenes, como los famosísimos Macy’s, museos, la Trump Tower, tienda Disney, comprarse una joya en Tiffany, en la 5ª Avenida, ver un partido de la NBA en el Madison Square Garden, Times Square, el Broadwai… Todo dependerá de los dólares que usted disponga para gastar. Pero, por ejemplo, en la recepción del hotel puede solicitar folletos de excursiones organizadas, como “Los contrastes”, El alto y bajo Manhattan, visita a la Estatua de la Libertad o, si le apasiona las vistas aéreas, sobrevuele la ciudad en helicóptero.

 

Si quiere visitar la Estatua de la Libertad puede hacerlo de varias formas: Primero, tendrá que desplazarse en metro. Bus, taxi, etc., hasta Walk Streep. Allí tiene las opciones de verla desde el aire en helicóptero o trasladándose en ferry. En este último medio tendrá que decidir por dos métodos: o tomar el ferry gratuito o el de pago. En el regalado, gentileza del gobierno de la ciudad, le trasladarán hasta dónde está ubicada la emblemática efigie, le darán una vuelta por todo su contorno, sin que pueda bajar a tierra, y le regresarán al punto de partida. En el de pago, además de sacar unas fotos magníficas desde la nave, bajará a tierra y la podrá ver detenidamente, pero no se haga ilusiones de observarla por su interior, porque si no ha adquirido las entradas con bastante antelación…

 

Que las adquirió con adelanto, sepa que en la base hay un museo con toda la historia de la estatua. Luego, si sus piernas y su constitución física se lo permiten y quiere disfrutar de las magníficas vista desde la cabeza del monumento, tendrá que ascender y luego descender por una escalera de caracol, que, si la memoria no me es infiel, consta de unos trecientos sesenta y cinco escalones, pero merece la pena el esfuerzo.

Si no le apetece, pues cuando llegue el próximo ferry se traslada hasta Ellis Island, ya que el billete es de ida y vuelta y podrá estar todo el día moviéndose de isla en isla.

 

En Ellis Island puede visitar el museo donde se encuentra la historia de los primeros emigrantes que ponían en cuarentena antes de su entrada a New York, etc., etc. Después, si lo desea, puede almorzar, tomarse un refresco, una cerveza o café en los restaurantes que allí hay y pasar el día tranquilamente hasta la hora que haya decidido regresar.

 

 

Al día siguiente de su visita a Ellis Island, por ejemplo, puede darse una vuelta por Central Park, que tiene unas dimensiones de cuatro kilómetros de longitud por ochocientos metros de ancho. Cuando se encuentre dentro de dicho parque se puede encontrar de todo: personas practicando variados deportes individuales, partidos de tenis, deambulando con patines de un lado a otro, pintores, músicos callejeros… Y no se sorprenda si se le acerca alguna ardilla a mendigarle alimento, porque eso es normal que lo hagan estos simpáticos animalitos. También se topará con los vendedores ambulantes que le ofrecerán prendas de la NBA y de la liga americana de Beisbol, como camisetas, gorras, bufandas, pasamontañas etc., todo, presumiblemente, con certificado de autenticidad de los más prestigiosos equipos del país.

 

Que usted es religioso, pues en la 5ª Avenida tiene importantes templos como la Catedral de San Patricio, la Basílica de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, Saint Thomas… En estos templos se podrá maravillar de su arquitectura, pinturas e imágenes de un altísimo valor cultural y económico.

 

Otra de las opciones que tiene para disfrutar durante su estancia en la City, es visitar, entre otros, el Empire State Building, Rockefeller Center, Edificio Flatiron, más conocido como la plancha, y Gran Central Terminal. En el primero de ellos, previo pago, puede subir en ascensor hasta la planta noventa y seis, y desde su azotea podrá deleitarse de unas maravillosas vistas, ir a ver una película en 4D, etc., etc.

 

En Rockefeller Center, si va con sus hijos/as, mientras usted y su señora están de compras, podrá alquilar unos patines para que estos disfruten de la pista de hielo que hay antes de la entrada a este lujoso centro comercial.

 

En el tema gastronómico existe también un amplio abanico: Pizzerías, donde algunas veces ponen buenas ofertas, y por dos dólares se podrá comer una generosa porción de pizza, a su gusto, y un buen vaso de Coca Cola o Fanta de varios sabores.

 

¿Qué le apetece otro tipo de alimento? Pues puede escoger los conocidos bufet, donde la comida es al peso, es decir, a “X” dólares la Libra. Y si su economía se lo permite, y no ha adquirido un paquete donde va incluida la pensión completa, váyase a uno de los restaurantes típicos españoles, argentinos, etc., que seguro que, además de comer bien, pagará una elevada nota.

 

 

Un detalle también a tener en cuenta, es que si usted es corredor/a popular podrá visitar todos los barrios de New York corriendo su mundialmente famosa maratón. Saldrá de Staten Island, subirá el puente Verrazano, con un ascenso y descenso de, aproximadamente, cinco kilómetros, pasará por Brooklyn, Queen, Manhattan, Bronx y Central Park, donde está ubicada la meta, y todo ello por las principales avenidas y arterías. Así que el ventalle es amplio.

 

Si alguna persona le dice que la “Gran Manzana” es una ciudad insegura, sobre todo el Bronx, no le haga mucho caso, porque, por ejemplo, inestable puede ser cualquier pequeña ciudad si usted va trajeado, luciendo joyas, un reloj de alta gama y va mostrando un buen puñado de dólares. Sólo le diré lo que me aseveró un guía neoyorkino:

 

-En Manhattan parece que no hay policía, pero al menor movimiento salen hasta de las alcantarillas. Así que paséese por todos los barrios tranquilamente con ropa sencilla y zapatillas que nadie la va a importunar.

Panorámica de New York, con un primer plano del Estadio de los Yankees: el antíguo a la derecha y a la izquierda, a pocos metros de distancia, el moderno.

Aspecto que ofrece la zona de Wall Streep vista desde un helicóptero.

El vehículo soñado por muchas personas se puede alquilar, con chofer, en Manhattan para darse un paseo por la ciudad como el que con un táxi va a, por ejemplo, a la estación de tren de su localidad.

Con el dedo índice de mi mano derecha señalo la salida de la que sería mi última maratón, las 26 millas como la denominan los neoyorquinos.

No es una simple escalera mecánica, sino la de la famosa Trump Tower, cuyo propietario es en la actualidiad el Presidente de los Estados Unidos de América.

Si va de compras a Rockefeller Center y no quiere que los niños/as les incordie, lo propio sería alquilarles unos patines y que se lo pasen en grande en la pista de hielo que hay a la entrada de este macro centro comercial.

No visité el interior del Rockefeller Center, pero inmortalicé el instante a la entrada del mismo.

Ferrys gratuito que pone la ciudad de New Yok para visitar la emblemática Estatua de la Libertad

Muy próximo a Central Park está el famosísimo Hotel Plaza, ¿y quién no entraba aunque sea para inmiortalizar una instantánea?

Una vez que paseas por la 5ª Avenida, ¿quién no accede a su interior aunque sea para echar una ojeada?

Time Square, una zona muy ambientada donde pueden, incluso, adquirir entradas a bajo precio para asistir a un musical o a una obra de teatro en el Broadway.

También, aunque no seas un niño/a, entrar a la tienda de Disneyland a echarle un vistazo a los juguetes tiene su emoción.

Cuando menos te lo esperas, en la zona de Time Square puedes presenciar el rodaje de un spot publicitario.

Como ya había visto detenidamente las calles de New York por tierra, 120 Dólares fueron los culpables que disfrutara desde el aire el impresionante aspecto de la ciudad

Me dijeron que si le tocaba los testículos al toro que está en Wall Streep iba a tener suerte cuando corriera la maratón, y la tuve.

No tuve la necesidad de utilizarlo, pero me gustó el detalle de que en Central Park hubiera un dispositivo para llamar a la policía.