El regreso de la señora White

La señora White, protagonista principal de este relato.

Dedicado con mucho cariño a mis admiradoras Emi Aparico y Maricarmen Gómez.

Los nombres de los personajes, fotos y situaciones de este relato son ficticios, exceptuando el de la señora White, por lo tanto, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Capítulo I

Todo transcurría con normalidad en la localidad valenciana de Paterna, España. Los vecinos de dicha ciudad llevaban una vida bastante pacífica hasta el día que se dejó ver, por una de las arterías más importante de la ciudad, un enigmático personaje. Éste, con mucha amabilidad, preguntó en valenciano a una señora que si tenía conocimiento de alguna vivienda para alquilar en esa vía o próxima a ella. Ésta le respondió negativamente, pero le apuntó que lo más acertado era que para ello se dirigiera a una inmobiliaria.

El misterioso sujeto se informó debidamente de la ubicación de dicha agencia y se encaminó hacia ella. Entró y preguntó qué si había algún piso de cuatro habitaciones y servicios para alquilar en la Avenida de las Cortes Valencianas, ya que su esposa tenía la intención de abrir un gabinete de psicología en la zona conocida como Campamento.

El Agente inmobiliario le acompañó hasta una edificación que se encontraba frente al acantonamiento, “Daoiz y Velarde,” y le mostró el quinto piso, el cual estaba orientado hacía el este y en su totalidad al exterior.

El individuo no puso ninguna objeción sobre el estado del mismo y el precio del alquiler, pero informó que antes debía enviar, vía WhatsApp, si era posible, unas fotos de la vivienda a su esposa. Al no recibir ninguna respuesta que manifestara lo contrario, fotografió la estancia y vistas exteriores del mismo, buscó el contacto y en el texto de las fotos escribió: -Señora White, pienso que esto es lo que andábamos buscando, puesto que, desde mi particular punto de vista, entra dentro del perfil para nuestros planes. ¿Concede su aprobación?

La respuesta no se dilató mucho en el tiempo, pero no por escrito, sino con un emoticono que simboliza la aprobación, es decir, una mano cerrada con el dedo pulgar hacia arriba.

Al día siguiente, las partes implicadas en el contrato de alquiler firmaron y fueron entregadas las llaves, previo pago de la cantidad estipulada en el acuerdo.

No habían transcurrido dos jornadas, cuando los vecinos del edificio y viandantes pudieron comprobar que en el balcón del quinto piso el cartel que anunciaba el alquiler había sido sustituido por otro de una geometría inusual, en el cual se publicitaba:

“Gabinete de Psicología de la Señora White, especialista en sexología”, próxima apertura.

Hasta ese instante fue aceptado por el vecindario como algo normal, pero lo que les resultó ilógico fue que, transcurridos tres meses, dicha publicidad siguiera mostrándose en la terraza y las ventanas estuvieran cerradas a cal y canto, al margen de no existir ninguna placa en la puerta de entrada al inmueble.

Los habitantes de la finca no pudieron saber nada más, aunque en el interior de la misma comenzó a realizarse una indescifrable actividad que nadie llegó a sospechar lo más mínimo.

En teoría, nunca se observó salir ni entrar a nadie de la morada, incluso ni a la misteriosa señora White, hasta el día que se produjo un inesperado desenlace en el que toda la comunidad quedó estupefacta por lo sucedido.

Próximo al cuartel existen una serie de comercios, entre los que se encuentran: bares frecuentados por militares uniformados, una peluquería unisex, un kiosco y un establecimiento expendedor de juegos de azar.

Esta zona, normalmente, era concurrida por un público muy heterogéneo durante todo el año. Pero cuando la estación otoñal del año dos mil diez estaba a punto de expirar, comenzó a notarse la presencia de una mujer de mediana edad jamás vista por el sector.

Ella era de mediana estatura, pelo castaño, bien maquillada y elegantemente vestida, luciendo cada jornada un modelo distinto, en los que predominaban unos generosos escotes, en los cuales su dueña dejaba entrever sus abultados senos.

En un principio, salvo la incógnita por saber quién era dicha mujer, nadie sospechó nada anormal, exceptuando que siempre acudía a desayunar justo a la misma hora que los altos mandos de dicho acuartelamiento y que escogía una mesa próxima a la de éstos.

Con el paso de los días, desistieron de la idea de querer saber quién era la dama en cuestión, llegando, incluso, a pensar que se trataba de la directora de una de las entidades bancarias ubicadas en las calles adyacentes o alguna doctora destinada al centro de salud. Pero nunca más lejos de la realidad.

La señora de aberturas espléndidas encerraba un gran enigma. Pero para saber en realidad lo que ocurría en el supuesto Gabinete de Psicología y quién era la cortesana, que durante los días laborables de la semana acudía desayunar al mismo establecimiento hotelero que los mandos y tropa militar, tendrán que aguardar a los siguientes capítulos...

Capítulo II

A seiscientos kilómetros de Paterna, concretamente en la ciudad de Motril, Granada, España, el afamado inspector de policía, José Cuenca, se entrevistaba con el Juez Decano de dicha localidad, señor Albareda, y se dirigía al Magistrado en estos términos:

-Señoría, por favor, prolongue el expediente de la Señora White y no encarpete el caso. Tiene que haber algún cabo suelto que nos lleve hasta la madeja. No es posible que una persona se pueda escabullir delante de las narices de un numeroso grupo de policía y soldados de élite sin saberse nada más de ella.

El togado meditó durante algunos segundos y, finalmente, con cierta apatía, accedió a lo solicitado por el tenaz policía, prorrogando el archivo del sumario por un periodo de tres meses. Pero puso una sola condición, y ésta era simplemente que él tenía que estar informado semanalmente de todos los trámites que se siguieran.

Cuenca, nuevamente leyó y releyó todo el documento. Escudriñó, renglón por renglón, todas las acciones que se llevaron a cabo en el operativo: el asalto a la vivienda, donde supuestamente la señora White tenía su gabinete de psicología, los misteriosos fallecimientos de sus clientes ocurridos tanto en la ciudad costera y meses después en Granada, pero no obtuvo ninguna respuesta.

-Me da usted fuego, caballero, solicitó con voz dulce la enigmática señora de escotes generosos y recién llegada a la ciudad.

-Faltaría más, señora, asintió el comandante, señor Puentedura, a la vez que con diplomacia miraba los voluminosos pechos de la dama.

Ésta asió suavemente la mano del mando militar, encendió el cigarrillo con el costoso mechero que éste le brindo y agregó:

-Gracia, galante caballero. White, señora White, dijo ésta, Psicóloga, especialista en sexología, a la vez que le ofrecía su pálida mano en señal de saludo.

Comandante Puentedura, jefe del batallón de los Cascos Azules destinados en esta ciudad, es un placer, al mismo tiempo que la atraía hacia él y le besaba en ambas mejillas.

Lo que parecía un hecho aislado y sin importancia fue dilatándose progresivamente. Primero hubo un intercambio de afables palabras desde mesas próximas, para continuar siendo la señora White una habitual en la tertulia de los desayunos de jefes y oficiales de la tropa destinada en el acantonamiento de Paterna. Días después, se les pudo ver a los dos almorzar juntos en la misma mesa, sin la presencia de los asiduos, y así sucesivamente, hasta que, en teoría, se produjo un flechazo entre ambos.

El día que menos se lo esperaban los propietarios y arrendatarios de la finca, donde se anunciaba la próxima apertura del gabinete de psicología, se detuvo frente a ésta un camión de pequeño tonelaje. Tres personas del género femenino, muy jóvenes, se bajaron del mismo, abrieron las puertas traseras y comenzaron a depositar en el portal de dicha edificación mobiliario de oficina, incluido un sofisticado equipo informático, un lujoso sofá, varias butacas a juego con el diván y sillas. A raíz de aquí, los convecinos comenzaron a despejar dudas y a comentar por la zona que próximamente el gabinete de psicología haría su apertura.

El vecino de la puerta diez y ocho, cuya vivienda colindaba con el gabinete de la señora White, que era la diez y nueve, salía del ascensor con bastante dificultad, ya que llegaba a su domicilio en un lamentable estado de embriaguez. A duras penas logró cerrar el elevador y, acto seguido se detiene, no sin antes tener como punto de apoyo la pared, porque percibió que se escuchaban unas voces femeninas que provenían del mismo rellano, pero él no veía a nadie.

-Menuda borrachera he cogido, ya hasta escucho voces de mujeres en el descansillo y no hay nadie, ji ji ji ji ji. No se lo voy a contar a mi mujer porque me va a tomar por loco...

 

Capítulo III

… Dos miembros de la Corporación Municipal de Paterna, los Intendentes Jefes del Cuerpo Nacional de Policía y de la Policía Local, representantes de los principales partidos políticos de la ciudad, el Pastor de la Iglesia de los Testigos de Jehová del lugar, el presidente de la Comunidad de Propietarios de dicha finca y el comandante de los “Boinas Verdes”, señor Puentedura, esperaban a la señora White en la puerta de entrada a la finca donde tenía su gabinete. El motivo: asistir a la inauguración de la oficina de la psicóloga.

Con cinco minutos de retraso llegó la señora White al evento, y una vez allí, pidió disculpas por la dilación, puesto que el mismo había sido originado por un accidente de tráfico en la Autovía V-30.

Una vez aceptadas las disculpas, se procedió a inaugurar el despacho, amenizado con cortos discursos de todos los asistentes, los cuales le desearon a la titular del mismo mucha suerte, a la vez que el Pastor leyó unos pasajes de La Biblia. Para finalizar el acontecimiento, todos fueron agasajados con una rica paella valenciana en el bar donde la psicóloga y el comandante solían acudir con mucha frecuencia.

Mientras todos estaban disfrutando de la comida, la vecina de la puerta tres con su móvil fotografiaba la placa fijada en la puerta de entrada a la finca. Le dio a la opción compartir, WhatsApp y la reenvió a su hijo, destinado en la Jefatura Superior de Policía de Granada, con el siguiente texto:

-Hijo: hoy hemos tenido un acto muy importante en la finca. Una tal señora White, ha estrenado un gabinete de Psicología y a la inauguración han asistido personas muy importantes de la localidad.

Al comisario Díaz le sonó en su móvil el tono de un WhatsApp y exclamó: - ¡Seguro que mi madre me envía alguna foto del último crucero que realizó con mi padre!

Se equivocó el agente, puesto que al abrir el archivo le dio un vuelco el corazón y clamó:

- ¡No puede ser!

Acto seguido reenvió el archivo fotográfico a su colega José Cuenca, con el cual le unía una gran amistad, y la respuesta no se demoró en el tiempo con un escrito que decía:

-La suerte está de nuestro lado, gran amigo. Si es la persona que buscamos, en esta ocasión no se nos va a escabullir. Aceleraré los trámites y, una vez concluidos, espero que tu querida madre no tenga inconveniente es darme alojo durante unos días.

La misma noche de la apertura del gabinete psicológico, una vez más, el vecino de la puerta diez y ocho llegaba con una espectacular moña a su vivienda. Salió del ascensor y observó, teniéndose a duras penas en posición vertical, como tres rayos de luz traspasaban la puerta diez y nueve y, una vez en el rellano, se transformaban en figuras femeninas.

El beodo se restregó los ojos con los nudillos de los dedos índices de ambas manos para comprobar que estaba lúcido y si era cierto lo que sus ojos estaban presenciando, pero no le dio tiempo a más. Tres rayos láser salieron de sendas y extrañas armas, disparadas por tres jóvenes mujeres, los cuales le traspasaron el tórax al pobre vecino de la puerta diez y ocho. Acto seguido, y sin el más mínimo ruido, fue asido como si fuera un peluche y arrojado al vacío por el hueco de la escalera.

Una hora después de este desgraciado hecho, la esposa fue a buscar a su compañero al bar que frecuentaba éste. Al llegar a la planta baja y abrir la puerta del elevador, se encontró una desagradable sorpresa: su pareja, presumiblemente, se había suicidado, quizás, tirándose desde el quinto piso, aunque días más tarde la autopsia revelara todo lo contrario.

El Inspector Cuenca, sin mucha demora, se personó en el juzgado, se entrevistó con el Decano de los jueces y con carácter de urgencia si iniciaron los trámites para que el sagaz policía se pudiera trasladar con toda premura hasta la localidad valenciana de Paterna y comenzar con las pesquisas.

Con una agilidad inusual en los procedimientos burocráticos, le fue entregada a José Cuenca la documentación necesaria para que pudiera actuar, por supuesto, con sus compañeros destinados en dicha ciudad. Acto seguido, se trasladó al Aeropuerto de Granada, voló a Madrid y de allí al Aeropuerto de Manises. Una vez en dicha localidad valenciana, un vehículo de camuflaje del Cuerpo Nacional de Policía le esperaba en la puerta de llegada de pasajeros.

El Agente Cuenca se acomodó en el domicilio paterno de su amigo con un pretexto difícil de descubrir, y cuando llevaba dos días reconociendo la zona, y con la disculpa de ir a tomar un café en el bar más próximo, salió del bloque de pisos y a los dos minutos volvió. Se subió en el ascensor y accionó el botón número cinco. Al llegar a la planta elegida salió del montacargas y llamó al timbre de la puerta dónde la señora White tenía su despacho. Le abrió una joven chica, uniformada con un pantalón azul y

-Últimamente vengo observando que tengo un comportamiento inusual, al mismo tiempo que me ha aflorado mucha apatía y algo de agresividad verbal.

-No se preocupe, señor, aseveró la chica, ha llegado usted al gabinete idóneo. Tome asiento que enseguida la señora White le atenderá.

José Cuenca, a pesar de estar curtido en cientos de casos de difícil desenlace, comenzó a sentir un dolor en el estómago, como consecuencia de pensar que estaba a pocos segundos de apresar a la delincuente más escurridiza y misteriosa de todos los tiempos. Pero una voz cálida le sacó de su reflexión diciéndole:

-La señora White le espera. Por favor, pase a la segunda puerta de la izquierda.

El inspector, sacando fuerzas de donde no las había, comenzó a andar con paso firme, haciendo sonar éstos con un taconeo que retumbaba en toda la estancia. Se detuvo en el recuadro de la puerta y…

Capítulo IV

…Hizo un giro de noventa grados y cuando contempló a la persona que tenía ante sí quedó estupefacto. Nada menos que tenía a una mujer totalmente diferente de aspecto físico y forma de vestir a la señora White que él conocía. Pero acostumbrado a mostrar un exterior muy opuesto al que verdaderamente era, no movió un solo músculo de su cara, al igual que la señora White, puesto que ante sí tenía al más férreo enemigo para sus planes,

-Tome asiento, caballero. Cuénteme qué es lo que le sucede. -

En realidad nada, señora, aseveró el inspector. Simplemente traigo una orden de registro de la vivienda y una citación para usted, en la cual le invita a presentarse en la Comisaría de Policía, sita en la calle Vicente Mortes Alfonso de esta ciudad, para que conteste a unas preguntas.

La señora White, haciendo también gala de mucha apacibilidad contestó:

-Tiene que haber una confusión, señor Agente, ya que no he cometido ningún delito, a la vez que echaba mano a su bolso, bajo la atenta mirada de José Cuenca, y de él sacó una cartera. De ella extrajo su documentación y la depositó sobre la mesa de su escritorio. Cuenca la examinó detenidamente y en ella pudo leer: Pilar Urrutia White, natural de Salamanca, nacida el día veinte y ocho de febrero de mil novecientos sesenta y ocho, Documento Nacional de Identidad número 42.635.550-J, y mientras el policía inspeccionaba con parsimonia el carné, la señora White, con algo de ironía afirmó:

-Si el no haberse empadronado en esta ciudad es un delito me puede detener, pero no he realizado este trámite porque todavía no sé cuál va a ser la trayectoria de este negocio, pero… Vamos, que si es imprescindible realizar esta gestión burocrático no tengo ningún inconveniente en efectuarla.

Cuenca, al cual su intuición nunca le había defraudado, le enunció:

-De todas formas, señora, debe personarse en nuestras dependencias para que podamos, después de unas breves preguntas, archivar esta denuncia… Por supuesto, después que el juez asignado dé el visto bueno, porque como comprobará, nada menos que es usted sospechosa de ser un peligro para la Seguridad Nacional.

La psicóloga, al verse acorralada contra las cuerdas, reaccionó de inmediato liberando una fuerte carcajada:

- ¡Yo un peligro para la Seguridad Nacional ¡Ja ja ja ja! 

-Inspector, donde soy un verdadero peligro es en la cama con mis amantes, ya que todo el que entra en mi lecho no visita el de otra. De todas formas, para más información, pregunte al comandante Puentedura, precisamente destinado en el Regimiento Daoiz y Velarde, y él le dará referencias mías. ¡jajajajaja!

José Cuenca no podía poner en duda el atractivo sexual que tuviera en un catre la escurridiza señora White, porque, a simple vista, la estampa de aquella mujer era para perder la cabeza. Pero de lo qué si estaba seguro, al margen de haber adquirido otra personalidad, es que era la misma persona que años atrás se le esc

Acto seguido, Cuenca procedió a hacer la inspección de la vivienda, y después de haber estado husmeando por toda la estancia no encontró nada anormal. Pero todo fue debido a que la señora White, intencionadamente, y en el tris oportuno, dejó caer un manojo de llaves al suelo. Al agacharse a recogerlas, Cuenca quedó boquiabierto con la panorámica que ésta le ofrecía a través de su amplio escote. Entonces, la secretaria con mucha presteza interrumpió el trabajo del ordenador, en el cual en esos instantes se recibía un aviso silencioso de video conferencia.

A la hora indicada, la señora White se personó en la comisaría de Policía Nacional con toda la credencial requerida. Le invitaron a que tomara asiento, y de inmediato comenzó el interrogatorio. Pero ésta, antes de contestar a la primera pregunta que le realizaron, manifestó su derecho a no declarar, acogiéndose al Artículo 520, Capítulo IV, Sección I del Código Penal.

Como era receptivo, se accedió a lo solicitado, al mismo tiempo que hacía entrada en las dependencias policiales una persona, del género femenino, no más de treinta años de edad, que consiguió sacar de aquel atolladero a su clienta. Una vez en la calle, la jurisconsulta se dirigió a su clienta en estos términos:

- Jefa, mejor que abordemos la misión, puesto que, nuevamente, nos encontramos con este inspector y no hay que tentar tanto a la suerte… 

Capítulo V

… La señora White hizo caso omiso a los consejos de su amiga y letrada, puesto que estaba empecinada en llevar a cabo caprichosamente el siniestro propósito de destruir la provincia y no dejar rastro de ella. Pero lo que ignoraba es que cada vez más el sagaz inspector le iba estrechando el cerco.

La psicóloga desconocía que, involuntariamente, había cometido un error. Éste consistió, simplemente, en que una de esas noches en las que el caso no dejaba conciliar el sueño a José Cuenca, salió a dar un paseo por la urbe. A su regreso, encontrándose contemplando la fase lunar, pudo observar como una resplandeciente luz de tonalidad oro, se introducía por una de las ventanas donde la señora White tenía su supuesto gabinete de psicología.

Cuenca corrió veloz hacía la finca, se introdujo en ella y trató de entrar en el ascensor, pero dio la contingencia que éste no funcionaba, con lo cual, cuando llegó a la quinta planta, con la respiración entrecortada, no pudo observar nada anómalo. Sólo se limitó a aporracear la puerta con mucha violencia y gritando dijo:

-¡¡Policía, policía, abran la puerta de inmediato!!

Por respuesta sólo obtuvo la de los vecinos del rellano que asustados salieron, medio somnolientos, preguntando bastante asustados:

¡Qué sucede! ¡Qué sucede! ¡¿A qué viene tanto alboroto?!

A la mañana siguiente, el ladino inspector comenzó a fraguar un operativo más eficaz que el de la vez anterior para que la escurridiza señora White no se le evadiera. Para ello puso a ocho agentes, relevándose cada dos horas, con una única misión: avisarle de todo movimiento sospechoso que se detectara a la entrada de la finca y por si aparecía por allí la señora White.

Si eso se efectuaba, la detendría y ésta confesaría, aunque para ello tuviera que empelar las más rudas e ilegales técnicas de interrogatorio. Después, se trasladó a la sede del Ministerio de Defensa en la capital de la Nación, se entrevistó con el ministro, le relató los pormenores del caso y su confabulación para capturar a dicha señora.

En el plazo de cuarenta y ocho horas todo estaba ya a punto para que se llevase a cabo la detención de la señora White y a la vez desenmascarar la totalidad de sus propósitos.

Ya no había marcha atrás, puesto que el operativo se había gestado en el más estricto secreto. Tal fue su circunspección que, incluso, los jefes que deberían de dirigir la operación no tuvieron conocimiento de los pormenores del operacional hasta doce horas antes de la realización del mismo. Para ello se suspendieron los permisos de la totalidad de la tropa especializada en defensa nacional, incluidos los tiradores de élite. Pero lo primero que convino el inspector Cuenca con el Ministro de Defensa, fue que el comandante Puentedura tenía que abandonar la ciudad y que no se le pusiera al corriente del táctico. Y para que éste no tuviera el más mínimo indicio, fue citado con toda urgencia a Madrid con el pretexto de que se le había asignado con carácter de urgencia una operación en Afganistán. Al recibir la orden, Puentedura puso en su maleta todo lo que pensó que iba a necesitar y acto seguido telefoneó desde el acantonamiento a su amada.

-Cariño, tengo que presentarme en Madrid con toda urgencia.

Ella, toda intrigada, quiso informarse del por qué, pero el comandante, como era de esperar, no reveló lo que supuestamente iba a realizar. Entonces, la señora White, intentó, con artimañas seductoras y poniendo voz almibarada, que éste demorara su viaje por unas horas para citarse con él en su apartamento y hacer el amor, que, según ella, estaba ansiosa por estar en sus brazos.

La respuesta del militar fue tajante:

-Cariño, tendrá que ser a la vuelta, porque no debo de perder el último tren AVE, puesto que me esperan a las ocho de la mañana en el Ministerio de Defensa.

Era la primera vez que el enamorado de la señora White no sucumbía a las peticiones amorosas de ésta, dejando este hecho muy pensativa a la psicóloga, la cual durante toda la noche estuvo deduciendo sus propias conclusiones.

A la mañana siguiente, la señora White, como era habitual, desayunó en su bar de costumbre y se dirigió a su gabinete. Una vez allí, puso en marcha su sofisticado equipo informático y solicitó una vídeo conferencia. A los dos segundos apareció en pantalla una persona del género masculino vestido con un uniforme, al parecer de general de un ejército y mantuvieron este diálogo:

-Señor, los terrestres nos estrechan el cerco y debemos invadir la ciudad con carácter de urgencia, en un máximo de tres días, que es lo que tardan nuestras naves en el trayecto.

-De acuerdo. De inmediato convoco a nuestro ejército y en ese plazo de tiempo no quedará ni rastro de la provincia de Valencia, pero, para no levantar sospechas, no te demores en eliminar todo tipo de huellas y vestigios de tu centro de operaciones.

Ambos no sabían que tanto el ejército como el inspector José Cuenca le estaban preparando un comité de bienvenida, puesto que el sagaz policía había atado muchos cabos de todo lo que había sucedido desde que comenzó a sospechar de la señora White.

Mil soldados, con las más sofisticadas armas de combate, al clarear el día tomaron todos los accesos a la finca donde la falsa psicóloga tenía su gabinete. Lo primero que realizaron fue cortar las vías aledañas al tráfico rodado y peatonal.

Todo estaba dispuesto para apresar a la enigmática señora White, pero sólo faltaba un trámite: que llegara una nueva orden de registro del juzgado para acceder de nuevo al despacho de la ficticia psicóloga.

La señora White, al descubrir desde su radar portátil que un importante número de aviones de combate no cesaban de sobrevolar cielo valenciano, comenzó a temblar. No por el hecho de que, posiblemente, sus planes se iban a ir al trastero. Tampoco por su valentía, puesto que estaba curtida en mil escaramuzas y no le temía a nada ni a nadie, sino porque no había cumplido la orden que le habían dado.

A los vecinos de la finca donde estaba el falso gabinete de psicología, y a los de las fincas colindantes, les advirtieron esa misma mañana que bajo ningún concepto debían salir de sus viviendas ni asomarse al exterior del edificio. A los transeúntes los desviaron hacia otras vías sin facilitarles ninguna explicación al respecto.

- Lo siento, señora, por esta calle no se puede pasar, le dijo un soldado armado hasta los dientes a una anciana que intentaba circular por la Avenida Cortes Valencianas con un andador.

- ¿Qué pasa, hijo?

- No le puedo informar, señora.

De inmediato la vetusta comenzó a gemir y con muchas lágrimas en sus ojos le expresaba al militar:

- Por favor, déjame pasar que acabo de salir del Hospital de La fe y hace más de un mes que no veo a mis nietos y la próxima semana me intervendrán de nuevo.

- El soldado, al escuchar esas palabras y comprobar que la señora andaba con bastante dificultad, se compadeció y accedió a lo solicitado, acompañando amablemente a ésta hasta la puerta del edificio y, incluso, le facilitó la entrada al elevador.

- Sargento, ¿ha observado algo anormal en las proximidades de esta finca?

- Nada, inspector, salvo una anciana con un andador que le he permitido pasar para que pudiera ver a sus nietos, puesto que hacía tiempo que no los veía por encontrarse enferma.

Mientras tanto, a mil kilómetros de altitud, fuera del alcance de radares y satélites de comunicación, se encontraba una flota compuesta por mil naves espaciales, de las llamadas nodrizas, a la espera de una orden de ataque. En cada una de ella había un centenar de drones gigantescos dotados de un armamento de destrucción masiva jamás conocido por los ejércitos de este Planeta.

Para los invasores todo estaba a punto. Sólo una indicación, y en menos de cinco minutos cumplirían su mandato, y en ciento veinte segundos estarían a miles de kilómetros de la Tierra, sin que sufrieran una solo baja, tanto en naves como en la tropa.

El inspector Cuenca accedió a la finca con un nutrido número de soldados con el material necesario para derribar una puerta, aunque ésta fuera de seguridad.

Los militares destruyeron la puerta de entrada del supuesto gabinete. Cuenca accedió al interior, y concretamente se dirigió hacia donde se encontraba el despacho de la señora White, y al entrar en el mismo halló a la falsa psicóloga sentada tranquilamente en su sillón de trabajo. El inspector intentó encañonarla, pero frenó su impulso.

La señora White tenía el dedo corazón de su mano izquierda apoyado sobre un botón de color rojo que había sobre la mesa. En la mano derecha empuñaba una extraña arma que apuntaba hacia la dirección donde se encontraba José Cuenca y los militares.

-Buenas tardes, inspector, una vez más llega usted tarde a la cita, ja ja ja.

Le rogaría, por su bien y el de sus acompañantes que no cometa ninguna insensatez, porque entonces todos saldríamos volando por los aires. Mejor que retrocedan y todos saldremos ganando. Usted y sus militares conservaran la vida, y yo podré también salvar la mía, o en el peor de los casos, que me juzguen en mi planeta por el fracaso de mis misiones en la Tierra.

Cuenca, atónito, aunque con ganas de accionar el martillo de su arma, recapacitó, puesto que en esos instantes se encontraba en desventaja con respecto a su adversaria. Entonces, comenzó a negociar su retirada y la de los que estaban con él y agregó:

- ¿Qué garantías tenemos de salir con vida de aquí, si con un simple movimiento del dedo corazón de su mano izquierda volaríamos por los aires?

Antes de que la psicóloga diera respuesta a la interrogante de Cuenca, surgieron en la estancia, a través de un fulgurante rayo de luz, dos figuras, una masculina y otra femenina. El hombre encañonó con un fusil espacial al inspector y a los soldados. La mujer, con un desafecto inconcebible y sin mediar palabra, apuntó con su insólita arma al entrecejo de la señora White, disparó, y en décimas de segundo ésta se desintegró, ante la atónita mirada del policía y los militares.

Cuenca y los soldados de élite reaccionaron de inmediato abriendo fuego contras los dos invasores. Pero los disparos sólo hicieron diana en la pared, puesto que estos se evadieron de la misma forma que habían venido. Acto seguido, una voz femenina que provenía de un ordenador anunciaba:

-Comienza la cuenta atrás para la desintegración de la estancia. -Ciento veinte segundos, ciento diez y nueve, ciento diez y ocho…