Margaritas y mariposas

Para ti, Silvia, que fuiste la reina de las mariposas.

Varios días antes que mi gran amiga Freny partiera, me rogó, por la gran lealtad que nos unía, que si no tenía inconveniente en hacer algo muy especial por ella. Como es natural, no me podía negar, al menos por la delicada situación que ella estaba atravesando en aquellas fechas. Pero cuando me expuso su deseo, en un principio, aquello me causó mucha risa, ya que mi aliada tenía un gran sentido del humor. Por eso, mis respuestas fueron en sentido negativo. ¡Y es que el encargo se las traía!

A pesar que ella lo percibía desde una perspectiva muy divergente a la mía, lo esbozaba como algo muy normal y cotidiano, pero, en realidad, no lo era. El cometido, quizás, si se obtenían los resultados deseados, me podía, incluso, sobrevenir un ataque al corazón.

El principal argumento que esgrimía para convencerme, era que si todo salía como ella pensaba iba a ser una noticia fantástica, puesto que ésta daría la vuelta al mundo y que me haría muy famoso. Pero como conceptuaba todo lo contrario me negué rotundamente, ya que lo que me expuso sólo era válido para un guion cinematográfico.

Ella, una vez tras otra, conforme iban pasando los días se empecinaba más y más. Así que, una jornada para verla relajada, le enuncié que cuando partiera para ese largo viaje le cumpliría su pretensión, pero, en realidad, no tenía la más mínima intensión de satisfacerla.

Llegó el día de la temida ausencia de mi gran amiga y todos nos sentimos muy tristes, pero no tenía más remedio que partir y nada ni nadie podía impedirlo.

 

Después de varios días, quizás fuera una semana, cuando ya no recordaba su disparate, comenzó a tronar en mi mente la voz de Freny que me decía con dulzura:

-Recuerda nuestro pacto, porque si no lo cumples será muy nefasto para mi, y ya sabes, piensa en los beneficios que te va a aportar.

De todas formas, traté de despejar de mi pensamiento tal desvarío, puesto que lo que me aseveró no podía cumplirse.

Después de tres horas de insomnio me armé de valor y, cotilla de mi, cogí el móvil y comencé a marcar su número. Pero cuándo sólo me faltaba el noveno dígito, los dedos de mi mano derecha comenzaron, inexplicablemente, a temblar. Suelto el aparato sobre la mesita de noche y no concluyo lo que pensaba hacer, y al cabo de tres horas Morfeo me envolvió entre sus brazos y me dormí.

Esa misma noche irrumpió en mis sueños Freny. La vi llena de luz, majestuosa como siempre, radiante de felicidad y con voz aterciopelada me dijo:

-Has estado a un solo paso de hacerme feliz. ¿Por qué te ha dado tanto pánico?

La visión me despertó y estuve todo el día meditando sobre el asunto.

Por una parte, mi lado temeroso me hacía visualizar un espanto indescriptible, pero mi sector decidido me decía que nada negativo iba a suceder…

Cuando el crepúsculo envolvió la jornada, nuevamente atenazo mi celular con la mano siniestra, y con el dedo índice de la diestra muy tembloroso, comienzo a posarlo sobre los números: seis, seis, uno, cinco, dos, tres, dos…

Ring, ring, ring… Se produjo un pequeño silencio, el cual me hizo pensar que se había interrumpido la comunicación y ello me hacía feliz, pero no. La voz afelpada de Freny se escuchó al otro lado del hilo telefónico y dijo alegremente:

-Casi no lo consigues, Mario.

- ¡Ves como no pasa nada!

-Gracias por hacer posible mi deseo.

-¿Te has quedado mudo? ¡Di algo, Mario! No temas hombre. Lo que está sucediendo es normal. Claro, que si llegas a demorarte un día más no lo logramos. Pero ya está. Ahora sólo restan tres cosas que también quiero que hagas por mí.

Muerto de espanto le dije que qué más deseaba y me articuló:

-Primero, que divulgues esta experiencia.

-Segundo, darte las gracias por conseguir que esté, hasta que regrese de nuevo a la vida, en un lugar muy soleado como os pedí.

-Para finalizar, te ruego encarecidamente que nunca me falten las margaritas blancas, ya que no podría descansar en paz sin ellas y tampoco sin mis amigas predilectas: las bellas mariposas de mármol que habéis puesto en la lápida.