El Cuaderno de Bitácora de Pepito

Fanfán

Capítulo I

Un buen día de verano, a la hora del almuerzo, mi padre entró en la casa con una sonrisa en sus labios más amplia de lo normal. De inmediato observé que entre sus manos traía un cartucho de papel de color marrón claro, de esos que por la década de los cincuenta se utilizaban para transportar los alimentos y otros objetos. Éste medía, aproximadamente, unos veinte centímetros de ancho por cuarenta de largo. De forma anárquica tenía por sus dos caras algunas perforaciones, hechas intencionadamente para que estuviera ventilado lo que se hallaba en su interior.

Mi progenitor con su mano derecha asía la boca del envoltorio que estaba algo enrollada, y con la izquierda su parte inferior, como si tratara que el paquete no se le precipitara al vacío.

-Toma Pepito, me dijo, aquí te traigo un regalo que te va a gustar mucho.

Me puse muy contento porque, salvo para los “Reyes Magos”, mi padre nunca me solía comprar nada, no porque él no lo deseara, sino, entre otras cosas, porque su economía no era muy boyante.

La distancia que nos separaba en aquellos instantes no era superior a los cuatro metros, pero creo que en menos de lo que el diablo se restriega un ojo me planté delante de él.

Tembloroso, con cara de asombro y después de darle un beso de agradecimiento en la mejilla, me dispuse a abrir el envoltorio. En el justo instante en el que ya tenía el rebujo en mis manos, algo se movió en su interior, como si con su intencionado balanceo me quisiera anunciar cuál era su contenido.

De inmediato, mi mente comenzó a especular con un sin fin de posibilidades. Primero expresé, de forma inconsciente: ¡es un perrito chico! Este pensamiento se esfumó de inmediato porque ya teníamos a Blanquito.

¿Podía ser un pollito? Tampoco era viable, ya que, con la muerte obligatoria de Quirico, nombre que le puse a un pollo blanco que alimentamos con mucho cariño, Y me recompensó muy mal mi afecto hacia él, porque un día cuando entré en el gallinero y, al intentar acariciarlo, me dio una gran picotada. Al final, en un acto de vehemencia incontrolada por mi parte, pedí que lo mataran por lo que me había hecho. Y no tardó mucho Merceditas, la vecina de enfrente, en retorcerle el cuello.

Dos días después, al descubrir su cuerpo sin vida dentro de un lebrillo lloré como un desconsolado. A grandes voces exigí que me dijeran de inmediato quién había sido el asesino/a de mi gallo. Pero para calmar mi gran aflicción, mezclada de una rabia desmesurada, con gran complicidad entre todos los habitantes de la casa, me dijeron que Quirico se había muerto de un paro cardiaco.

Blanquito casi me delató quién era el que al cabo de dos días iba a ser uno más de la familia., puesto que cuando tuvo a su alcance el rebullo lo olfateó insistentemente, se puso algo nervioso, comenzó a saltar, ladrar y a gruñir como un desesperado. Sin más dilaciones, abrí el envoltorio, y en su base había algo que al percatarse de mi presencia me miró con unos ojos muy relucientes, y que a modo de saludo me envió un corto y lastimoso maullido.

De inmediato los latidos de mi corazón volvieron a la normalidad, aunque comencé a preocuparme más de la cuenta por la vida del precioso gato que me habían obsequiado., ya que temía que Blanquito, haciendo honor al odio reinante entre las dos razas, lo pudiese lastimar.

En toda mi dilatada existencia nunca he visto un minino tan peculiar como él, a pesar de no pertenecer a ninguna raza en concreto. Su pelo, corto, de color negro azabache, ocupaba casi todo su cuerpo, exceptuando un pequeño lunar blanco al final de su garganta.

Loli, mi hermana adoptiva, al darse cuenta de este detalle, con buen sentido del humor dijo que era el lazo de una pajarita, como las que usaban los camareros, por coincidir justamente donde se suelen colocar éstas. También, en sus cuatro patas tenía sendas manchas del mismo color que la “corbata”.

De nuevo mi hermana adoptiva, haciendo todo lo posible para que el recién llegado le cayera gracioso a sus progenitores, puso de nuevo la nota cariñosa y exclamó:

-¡Pero si tiene hasta zapatos blancos de charol!”.

Encarnacionita, como le llamaban los vecinos de la calle, y que para mí fue como mi verdadera madre, era muy bajita. Su cuerpo menudito, de faz blanca, pelo negro, muy corto, y con unas facciones acordes con su angelical rostro, no tuvo más remedio, con teatral enojo, que augurarle a su hija un futuro prometedor en la protectora de animales. Su marido, José Morales, como yo le solía llamar, era muy alto, delgado, moreno de tez, de tanto trabajar al aire libre en la albañilería, también era una gran persona. A él le daba lo mismo que hubiera o no animales en la casa, lo único que le importaba era la felicidad de todos nosotros y, eso sí, que su hogar estuviera muy limpio.

Una vez presentado el nuevo ocupante de la casa a toda la familia, se procedió, como era lógico, a adjudicarle un nombre. Se barajaron varios, pero al final le pusimos el que apuntó mi padre. Según él, reunía todas las características del personaje de una película que se llamaba “Fanfán el terrible”, puesto que el protagonista del filme vestía todo de negro.

Antoñita, mi otra hermana adoptiva, una mujer que irradiaba amor por los cuatro costados, era también bajita de estatura y se parecía mucho a su madre, incluso en la bondad de corazón. Sin que nadie le dijera nada se apresuró a ponerle en un plato pequeño un poco de leche con migas de pan. Y cuando el diminuto felino terminó con su primera ingesta en el recién estrenado hogar, ya se sintió con la suficiente confianza para arrancar a hacer de las suyas.

Estuvo incordiando con sus travesuras a todo el que se encontraba a su paso a lo largo de la jornada, pero el que más sufrió las diabluras del pequeño Fanfán fue el pobre Blanquito, mejor dicho, su rabo, ya que a cada instante se enganchaba a él y le daba mordiscos ante el desagradable descontento de éste que terminaba persiguiéndolo por toda la estancia. Y así transcurrieron las horas que le restaban al día. Pero llegada la noche, y a la hora de costumbre, todos nos fuimos a dormir, incluidos los animales. Al recién llegado me lo llevé a mi cama, como precaución por si cuando estuviéramos dormidos mi perro le diera por matarlo.

Por lo visto mi calor corporal no fue lo suficiente para mitigar su frío. Así que, el pequeño minino optó por ir a acurrucarse con Blanquito, que siempre hacía imaginaria junto a la puerta de mi alcoba como un fiel centinela. Pero a éste no le hizo ni pizca de gracia que, el que supuestamente le iba a despojar algo de cariño de sus dueños, fuera a molestarlo.

Como era natural, comenzaron los gruñidos del perro por un lado y los maullidos tristes del gato por el otro. Uno intentaba por todos los medios que no se abrigara con su cuerpo, y el otro, pesado como él solo, todo su empeño consistía en cobijarse junto al vientre de su compañero de hogar, creyendo que era su madre...

Continuará