El Cuaderno de Bitácora de Pepito

Fan Fan

Capítulo final

…Nos despertaron a todos, y por unos instantes temí que los dos terminaran en la calle, ya que el espectáculo que estaban dando no era para menos. Pero como si ambos se hubiesen percatado del terrible humor que tenían los seres humanos que le habían dado un pobre pero confortable hogar, se fueron cada uno a dormir por su lado. Es decir, Blanquito siguió con su habitual custodia en la puerta de mi cuarto y Fanfán optó por dormir junto a mis pies en lo alto de la cama.

Cuando llegó la mañana, abrí los ojos y no vi a mi pequeño gatito durmiendo a mis pies, por lo cual pensé que ya había iniciado su turno de travesuras. Entonces, miré hacía la puerta de mi aposento, y allí seguía Blanquito cumpliendo con su habitual centinela

-¿Dónde estará el gato? Me pregunté.

Salí de la cama dispuesto a buscarlo, con la intención de subsanar los desaguisados que pudiera haber ocasionado durante el resto de la noche. Y cual no fue mi sorpresa, cuando al ir a acariciar a mi fiel amigo y escolta, me encontré que el diminuto mamífero dormía muy acurrucadito junto al vientre de su nuevo amigo. Acto seguido, desperté a todos los habitantes de la casa para que presenciaran aquella estampa tan tierna y maravillosa. El dicho de que “se odian más que el perro y el gato” se había desmoronado ante nosotros.

Miré el rostro de todos mis mayores y comprobé que eran felices, hasta tal extremo que Antoñita dijo, con algo de tristeza:

-Es una pena no tener una máquina fotográfica para inmortalizar esta escena.

A partir de aquel día ambos se hicieron grandes amigos y se pasaban muchas horas del día jugueteando, tanto dentro de la casa, como por el patio y la azotea. A veces empalagaban más de la cuenta, porque con sus correrías se metían entre nuestras piernas y ponían en peligro la estabilidad de los que se encontraban a su paso.

Los días fueron pasando y Fanfán entre juegos y travesuras crecía. Pero llegó el momento de darle a éste otro tipo de alimentos, y por indicación de Antoñita fui al mercado municipal y le pedí a la pescadera algo de cabezas de pescado o lo que tuviera para mi gato.

La pescadera me donó un buen papelón de despojos y regresé la mar de feliz, ya que pensaba que llevaba comida por lo menos para tres días. Llegué a la casa celebrando muy contento el regalo que me habían hecho y de inmediato.

Olió la comida unos instantes, seguidamente se dio media vuelta y se fue a dormir a mi lecho. Fueron pasando los días y, como era lógico, comenzó la preocupación de todos los habitantes de la vivienda porque el gato no comía.

Una mañana, apenas levantarme, me viene a la cabeza la idea de pedirle a mi amigo Braulio que intercediera por mí ante su padre, que era un prestigioso veterinario, para que reconociera a Fanfán. Detalladamente expliqué el caso y don Antonio no tuvo inconveniente en examinarlo concienzudamente. No encontró ningún tipo de desnutrición en el animal, entonces le pregunté:

-¿De qué se alimenta si no le gustaba ni el pescado ni la carne?

-Ahora mismo vamos a salir de dudas, dijo el albéitar.

Se dirigió hacía la cocina, trajo un trozo de patata pelada y la puso ante el hocico de mi gato. De inmediato la asió con sus patas delanteras y comenzó a comérselo con gran regocijo.

Después de haber visto eso, ya entendí porque las mujeres de las casas colindantes decían que por las calles del barrio debía haber un fantasma, ya que por las noches les desaparecían de la *ventana de la cocina toda hortaliza, fruta y verdura que ponían.

Como consecuencia de ello, se creó una gran polémica en torno al espectro. Que si eso era obra del diablo, que si los fantasmas no existían y mucho menos que fueran vegetarianos. Pero la realidad fue que se formó una gran psicosis. Ésta fue tal que, incluso, fueron varias mujeres a consultarle a don José Rodríguez, cura de la parroquia, el “fenómeno paranormal”. Como es natural, el párroco recomendó encender muchas velas y orar devotamente para ahuyentar al espíritu vegetariano.

En casa nos divertíamos de lo lindo con todo esto y le seguíamos la corriente a todo el que nos hacía un comentario al respecto, e incluso le echábamos un poco de leña al fuego. Mientras tanto, Fanfán seguía con sus fechorías nocturnas, aparte del buen festín que se daba en casa con las cáscaras de patatas, con la calabaza, los calabacinos zanahorias, etc., que le dábamos para comer. Pero un día, algún desaprensivo/a lo sorprendería sustrayéndole algo de la lumbrera, que de inmediato le puso algún veneno para cuando volviera la próxima vez.

Mi pobre gato tuvo una larga y dolorosa agonía. Ni don Antonio con todas las inyecciones que le administró pudo salvar su vida. Le dimos toda clase de cosas específicas para los envenenamientos, pero todo fue infructuoso.

Una mañana miré por la ventana de mi dormitorio, que daba al patio, y lo vi inmóvil. Lo llamé, pero no me respondió.

Antoñita y Loli salieron corriendo de sus respectivos cuartos al sentir mi desesperado llanto. Al comprobar que el pobre yacía en el suelo sin vida maldijeron una y mil veces a la persona que lo había emponzoñado.

Como era natural, el cuerpo sin aliento de mi querido felino había que sacarlo de la casa. Solicité de mis mayores que esperaran un rato más para que yo avisara a todos mis amigos. Cuando me preguntaron que para qué iba a avisar a mis colegas, respondí que para hacerle un entierro.

Fanfán no fue un gato cualquiera, y por ello se merecía un sepelio digno.

Obdulia, una vecina de la calle, en plan guasón me dijo:

-¿A qué hora le digo a don José el cura que es la ceremonia?

No me hizo ni pizca de gracia su comentario y partí en busca de mis conocidos. Nos hicimos de enseres para cavar una pequeña fosa. En una carretilla que tenía de madera cargamos su cuerpo y formamos el cortejo como si de un ser humano se tratara.

Nos dirigimos al barranco que había a escasos metros de la casa. Allí abrimos una profunda sepultura, con la intención de que otro animal no fuera a comerse su cuerpo. Le rezamos una oración y después todos nos dirigimos tristes a nuestros respectivos domicilios.

Unos días después, concretamente en la misa del domingo, don José dijo en su homilía, que gracias a las devotas oraciones de sus feligreses, el alma en pena que tenía asustada a toda la barriada se había ido a otro lugar.

En la década de los años cincuenta no había neveras en los hogares humildes, sólo existía la costumbre de poner este tipo de alimentos por la noche en la ventana de la cocina. El motivo de ello era para que le diera el fresco y no se le echara a perder antes de su consumo.

Nota del autor.