"Maestro Juan el carpintero"

La casa donde viví durante diez años de mi niñez estaba situada en la Barriada de las Escaleritas, Las Palmas de Gran Canaria, España.

Desde este altozano se podía divisar, a través de un mirador situado en la zona sur, casi toda la capital, los chalets de Ciudad Jardín, la Playa de las Alcaravaneras, la de las Canteras y el Puerto de La Luz.

Por aquella época se encontraba rodeado de pequeños barrancos llenos de ulagas, lagartos, culebras, chumberas, piedras, cuevas y para acceder al mismo, desde cualquier punto de la isla, tenía que hacerse a través de una estrecha y empinada carretera asfaltada.

Todo el que llegaba, con cualquier medio de locomoción, no podía seguir hacia ninguna parte. Para retornar lo tenía que hacer por el mismo camino que habían venido, hasta algunos años después que se abrieron las comunicaciones hacia otras barriadas colindantes.

El ayuntamiento de Las Palmas fue el promotor y constructor de la barriada. Las casas se las adjudicó a sus funcionarios más necesitados, a los empleados de otras administraciones, administrativos de la banca y a familias que apenas tenían para comer. Y a cada una de estas clases sociales las ubicó en zonas bien diferenciadas, divididas por tres arterias principales.

A los que casi diariamente tenían que ir a la puerta de los cuarteles a mendigar las sobras de la comida los acomodó colindando con un pequeño centro comercial, propiedad del Consistorio de la capital. Es decir, en la franja norte. Los que tenían un oficio y medio comían a diario, los situó en la parte central y de este a oeste, los que trabajaban en juzgados, bancos, funcionarios del Cabildo Insular, médicos, etc., por debajo de la iglesia. O sea, al sur.

Las edificaciones tenían una estructura arquitectónica según a la clase social a la que pertenecías. Los más indigentes y los que tenían labores dispares, las viviendas consistían en una sola planta. Para el resto eran de dos pisos. Es decir, bajo y alto.

En la que nos tocó vivir a mi padre y a mí, gracias al buen corazón del matrimonio compuesto por José Morales López y Encarnación Hernández Munguía, fue de las que estaban situadas en la parte central y la misma se encontraba ubicada en el número nueve de la calle Juan de Siberio.

Junto al costado de la morada había un pequeño parque de no más de veinte metros cuadrados, que la municipalidad, como ornamento, había plantado cuatro palmeras y colocado dos bancos de obra, construidos con piedra volcánica.

En el número cuatro de la calle Francisco de Torquemada vivía uno de los personajes más populares del lugar: “Maestro Juan el carpintero”. Este buen hombre era muy querido por todos los niños, fueran o no amigos de sus hijos Juan y Pepe.

También estaban otros portentos como, por ejemplo: el Cabo Reboso de la Policía Local, que a todas horas nos asechaba para quitarnos la pelota de trapo, el escultor Salvador Manrique de Lara, don Antonio el veterinario y algún que otro secretario de juzgado. Pero “Maestro Juan” era nuestro líder.

El carpintero era un hombre de cerca de un metro ochenta centímetros de estatura y bastante delgado. Su tez se asimilaba a la de la raza gitana, ojos negros y tristes, cejas muy pobladas, el pelo, del mismo tono que los ojos, lo tenía corto y rizado. Sus orejas eran algo grandes y un poco abanicadas, poseía una nariz aguileña, unas extremidades acordes con su estatura y sus manos, grandes y gruesas, tenían abundante callosidad.

El profesional de la carpintería era un excelente individuo. Quería mucho a su esposa e hijos y a todos sus vecinos los trataba con educación y respeto. Sus grandes aficiones eran la cría de pájaros y las copitas de ron puro o con miel que se bebía en la tienda de don Julio, hasta que el consideraba que no podía ingerir una gota más de alcohol. Pero nadie le vio nunca tambalearse de un extremo a otro de la calle, dirigirle una mala palabra a cualquier ser humano o maltratar a un animal. Todos en las Escaleritas sabíamos cuando el carpintero estaba ebrio, por un detalle muy concreto que el que no fuera del lugar no podía apreciarlo.

Juanito, como le llamábamos algunas veces, chirreaba los dientes, pero nunca perdió el control, la educación ni el conocimiento. Salvo algunas veces, muy pocas, cuando la ingesta de alcohol sobrepasaba su aguante, se solía quedar dormido en plena calle.

Recuerdo que un día me dio mucha pena al verlo adormecido tumbado cual largo era junto a la pared de una vivienda de la calle Francisco de Quevedo. El pobre tenía como único abrigo, su pobre vestimenta y el manto de la noche. Al verlo en ese estado lo llamé y le pregunté que, si quería venir conmigo, pues yo lo llevaría a su casa si el no sabía dónde se encontraba. Él, chirreando los dientes me dijo:

-Gracias mi niño, sólo ayúdame a levantarme, el resto lo hago yo”.

Con muchos sudores, teniendo como música ambiental el chirrear de sus dientes, y con la poca ayuda que él prestaba, conseguí el objetivo de ponerlo de forma que se encaminara hacia su domicilio. Una vez que su cuerpo estaba en posición erecta, el carpintero se encauzó hacia su morada más derecho que una vela y acompañado de su habitual orquesta incisiva. Pero antes de partir me dio las gracias, se echó la mano al bolsillo del pantalón y sacó un caramelo para mi.

Morales y Encarnacionita, como le llamaban los vecinos de la calle, decidieron ponerle, por el momento, un marco de madera, para cuando hubiera dinero colocar una puerta en la cocina. Morales, como era albañil, tapó todo el arco y dejó el rectángulo abierto para ubicar lo que tenían pensado.

Me encargaron que fuera a avisarle a su domicilio para decirle que en casa íbamos a encomendarle un trabajo. Maestro Juan, más alegre que ningún día, me recibió con varias estrofas de canciones populares de la tierra y sus pájaros parecían acompañarle en sus cánticos.

En aquellos instantes sus mordientes estaban en pleno reposo y el buen hombre exteriorizaba un gran regocijo. Le comuniqué la razón y a la vez le pregunté que a qué hora iría.

-A las siete de la tarde, mi niño, me contestó.

Dicho y hecho. A la hora pactada, ni minuto más ni minuto menos, el carpintero estaba tocando en la puerta de la casa.

-Pase, por favor, vecino, está usted en su casa, dijo Morales.

Cuando contestó a la invitación de entrar de mi protector, comenzaron los primeros acordes de su particular conjunto.

- ¿Qué es lo que hay que hacer?” Preguntó el carpintero.

El marido de Encarnacioncita le indicó cuál era el trabajo que quería. Sacó su metro de color amarillo, tomó medidas, y cuando le preguntaron por el precio de la madera y el de su labor, contestó muy seguro de lo que estaba diciendo:

-Todo incluido son setenta y cinco pesetas.

A todos mis mayores les pareció un precio justo y razonable, pero… ¿se acordaría al día siguiente del costo que nos había dado, una vez que se le pasara el estado de embriaguez?

A los tres días, y ya terminada la tarde, fecha fijada por “Maestro Juan”, tocaba a nuestra puerta y traía el trabajo solicitado. Al mismo no hubo que cepillarle ni un milímetro. Tal como lo trajo lo presentó, y entre él y Morales lo fijaron en su sitio.

- ¿Qué le debemos, maestro? Preguntó Morales.

-Lo que pactamos en su día, es decir, *quince duros, contestó éste.

Todos nos quedamos perplejos, ya que nos temíamos que con su merluza no recordara ni las medidas que había tomado, ni la cantidad pactada por su trabajo.

Un día, cuando el astro rey no había hecho su aparición tras las montañas, me dirigía a misa de siete con mi hermana adoptiva Loli a la iglesia del barrio, cuya patrona es Santa Isabel de Hungría, la cual se encontraba a unos trescientos metros, aproximadamente, de donde vivíamos.

Al pasar junto al jardín que había al lado de la casa de don Antonio el veterinario (dos calles más debajo de la nuestra), vimos el cuerpo de un ser humano tumbado dentro de él y en posición fetal. Nos acercamos con bastante sigilo, y miedo a la vez, para cerciorarnos si conocíamos a esa desgraciada criatura que estaba al parecer durmiendo, y que tan sólo tenía puesto un mono de trabajo, de tonalidad azul, y unas zapatillas de lona blanca con el piso de goma muy desgastado.

En un primer instante no pudimos identificarlo, ya que tenía su cabeza tapada con sus brazos. De inmediato Loli, siempre muy decidida, zarandeó a aquel pobre hombre, y al ver que no le respondía, me pidió ayuda para darle la vuelta. Lo pusimos en la posición contraria a la que tenía en un principio y nos llevamos la desagradable sorpresa al comprobar que era “Maestro Juan el carpintero”.

- ¡Juanito, Juanito, despierte! Pero el carpintero que chirrisqueaba sus dientes y le regalaba caramelos a todos los niños del barrio no nos contestó.

Como su cuerpo inmóvil y pálido estaba junto a la casa de don Antonio, el veterinario, éste vino corriendo y con su fonendo lo auscultó.

-Qué pena, el corazón de “Maestro Juan” ha dejado de latir. Que el Señor lo tenga en la Gloria, indicó el veterinario.

A los mayores de mi barrio les sentí comentar que murió de una pulmonía al estar toda la noche durmiendo en el parterre, ya que ese crepúsculo llovió y la poca iluminación no le permitió ver el bordillo que adornaba el jardín. Pero en mi infantil mente pensaba que mi amigo el carpintero se había cansado de saborear las copas de licor puro que se bebía en la tienda de don Julio y se había ido al Cielo porque allí Dios le iba a quitar el crujir de sus incisivos y lo pondría a echarle una mano en sus labores a San José.

*Un duro era el equivalente a cinco de las antiguas pesetas.