Eli

Conocí a Eli cuando ella tenía seis años de edad. Era, para sus cortas primaveras, muy diminuta y blanquita de rostro. Sus ojos, de tonalidad castaña, reflejaban mucha tristeza. Sería, quizás, porque el destino la ubicó en un sendero poco apropiado, o porque sentía carencia de afectividad desde su más tierna infancia.

Su pequeño cuerpo fue a parar, tras un manifiesto abandono paternal, a una casa de acogida. Los Servicios Sociales de la Junta de Andalucía se hicieron cargo de sus dos hermanas y de ella. Y así estuvieron un periodo de tiempo, no muy extenso, hasta que logré sacarlas de aquél infausto lugar, después de unas duras negociaciones con el Magistrado Juez del Juzgado Tutelar de Menores de Almería, España.

¿El porqué de esta decisión? Quizás, porque consideraba que las tres se merecían una vida mejor, y porque en mi niñez viví una experiencia similar, aunque nunca me faltó el cariño de mi progenitor.

Me revelé ante aquella circunstancia, inducido, posiblemente, por mi exceso de protección. No quería que sufrieran malos tratos psicológicos y vejaciones como las que había experimentado y presenciado, algunas décadas atrás, en un internado de similares características.

Al comprobar en las circunstancias que se encontraban, pasó ante mi la película de mi niñez. También pienso que, posiblemente, Dios me las puso en mi camino por dos motivos: primero, porque en mi matrimonio no logré tener hijas. Y segundo, para que las protegiera, dentro de las fuerzas e inteligencia que Él me había dotado.

Desde un principio noté que ella era la más frágil de las tres, hasta el extremo que si le formulaban alguna pregunta agachaba la cabeza, procurando que su vista y la de la persona interlocutora no se entrelazaran. Pero a sus hermanas se les notaba que eran más extrovertidas, sobre todo la mayor. Pero con el paso del tiempo fue tomando confianza y se volvió más comunicativa conmigo, sin dejar de ser la más tímida de las tres.

Fue la más obediente y la que con el paso de los años me ha donado muchas muestras del cariño. Con esto no quiero decir que las otras dos no lo fueron, pero a Eli siempre la he considerado como la que ha ocupado la parcela de mayor extensión en mis sentimientos.

Siempre recordaré, con gran satisfacción, el hecho de que con su primer sueldo quiso regalarme útiles y menajes para la cocina, esgrimiendo que su madre, al romper nuestro vínculo matrimonial, se lo llevó todo y me dejó sin nada. Y ni que decir tiene que aquello llenó de felicidad todo mi ser, aunque no lo acepté.

Con gran pesar para mí, se fue de mi lado para iniciar su vida laboral en tierras almerienses. Una amiga de la infancia le encontró ese trabajo y le dio amparo en su casa, con el permiso de sus progenitores.

Nos intercambiamos muchas visitas, unas veces ella venía a Motril, Granada, España, o yo iba a Las Norias de Daza, Almería. Como si fuera su padre biológico, me comunicó que había conocido a un chico y que estaba locamente enamorada de él.

Le di un gran abrazo y le deseé toda la felicidad de la vida, no sin antes darle, dentro de mi escasa sapiencia en el campo amoroso, unos cuántos consejos.

Años más tarde me comunicó su intención de contraer matrimonio, al cual por circunstancias especiales no puede asistir. Pero las alianzas que un día luciéramos su madre y yo fueron testigos del sí quiero que ambos se profesaron ante el juez que presidió la ceremonia, un día en el que la primavera se encontraba en su fase más esplendorosa. Y a miles de kilómetros de distancia, le envié con el corazón todo el amor que un “padre” puede desprender por una hija en un día tan especial para ella.

Con Eli he vivido muchas experiencias gratificantes. Una de éstas fue el día que me pidió que le acompañara, junto con su marido, a realizarse las pruebas para la inseminación artificial. Pero Dios no ha querido, hasta el momento, que pueda tener la dicha de experimentar el acto más sublime de la vida, como es el de alumbrar una vida, pero en este trance habrá que esperar.

Desde que conoció a su esposo, sintió, y sigue experimentándolo, un amor profundo hacía él, digno de la más bella novela de amor. Y creo que si algún día le faltará el hombre de su vida no podría superarlo.

Para ella su esposo lo es todo: su novio, su pareja, amante… De hecho, años atrás, esperó durante dos semanas en la Antesala de la Eternidad a que se le abriera una puerta. Bien podía ser la del retorno a la vida, dónde su familia y amigos estaban ansiosos de verla traspasar ese umbral. La otra, la que da paso a un túnel con una potente luz al final del mismo.

En su prolongada estancia en esa sala advirtió como una puerta se abría ante ella. ¡Era el túnel! Entonces se dirigió hacia él porque le atrajo la voz de su difunto tío Rafael. Éste la llamaba cariñosamente y le decía:

-¡Eli, Eli, mira lo que tengo aquí para ti! Le mostró los invernaderos en los que en su infancia sus hermanas y ella solían jugar. Apareció ante ella escenas en las cuales hacía muchas travesuras y como el bueno de Rafael les regañaba. También visualizó su triste experiencia en la casa de acogida y como jugaba con sus amigas de la infancia en su pueblo natal, Las Norias de Daza, Almería.

Compartió momentos inolvidables con todas las personas que ella amaba. Disfrutó de sus mejores instantes y cada vez se acercaba más al potente resplandor.

Su *“Tite”, como ella solía llamarlo en vida, la asió cariñosamente de la mano y caminaron juntos sin mirar hacia atrás. Contempló cosas maravillosas, y en un momento dado su tío le dijo que se alegraba mucho de tenerla allí, que sabía lo mucho que ella lo quería y que los dos iban a ser muy felices en aquel lugar.

Eli no dejó ni un solo instante de percibir una voz, algo dispersa, y en la lejanía, que le decía con angustia:

-Eli…, Eli…, estoy aquí esperándote. Vuelve. Pero ella estaba muy ensimismada para reconocer la voz de la persona que le hacía ese ruego.

Siguió disfrutando de todo lo maravilloso y celestial que se encontraba a su paso. Se hallaba muy feliz, deleitándose con los animales y plantas que le saludaban a su paso. Entonces, se paró en seco, pero el occiso Rafael le dijo con mucho cariño:

-Adelante, no te pares, nos espera la felicidad eterna.

Pero aquella voz que reclamaba su presencia cada vez se hacia más nítida y despedía notas de desconsuelo e impotencia.

Fueron momentos claves para ambos. Él quería que se quedara, y ella comenzó a dejarse apoderar de una inquietante indecisión.

¿Qué debía hacer?

Pasó un tiempo indeterminado cuando avistó como su tío se alejaba y la voz de éste se percibía cada vez más distante, pero sin dejar de rogarle:

-Quédate, Eli, quédate, aquí se vive la genuinidad de la felicidad en su más alto grado.

Fueron momentos cruciales. La voz que en un principio no lograba escuchar se percibía cada vez con más perspicuidad y cercana. Entonces comenzó a retroceder y tomó una resolución muy importante y le dijo a su “tite”:

-Lo siento, me voy, creo que mi marido me llama y debo volver.

Realizó un giro de ciento ochenta grados y comprobó que al comienzo del túnel se abría una puerta y en el quicio de la misma se encontraba el amor de su vida.

Corrió hacía él y en su dulce sueño lo abrazó tiernamente.

Al abrir los ojos estaba junto a ella haciéndola de su pequeña y cariñosa mano.

El amor, una vez más, venció a la muerte. Y Eli, después de largos y penosos días de

Por la parte que me corresponde, esta experiencia siempre la recordaré, porque viví los días más maravillosos de mi vida cuidándola como si fuera un bebé, máxime también por ser el primero en conocer su experiencia en el túnel que conduce a la gloria.

*Forma de llamar a los tíos carnales en la zona de Almería.