El Cuaderno de Bitácora de Pepito

El sepulturero

Siendo muy niño viví una fantástica historia, cuyo final me entristeció bastante. También recuerdo, con bastante nitidez, que era verano y me encontraba jugando con mi perro, blanquito, en el salón comedor.

Solía retozar con él muy a menudo, sobre todo cuando no tenía colegio. Y cierto día, encontrándonos los dos recreándonos tranquilamente debajo de la mesa del comedero, un personaje misterioso se coló sigilosamente por una de las ventanas de la vivienda.

Era un insecto con unas alas más grandes que las de una mosca y su cuerpo era de tonalidad negra. Entonces, sucedió que el bicho dio una vuelta de reconocimiento por toda la casa, para finalizar su revoloteo en el cable de la luz que sujetaba el portalámparas y la bombilla que iluminaba el refectorio.

En esos instantes hizo acto de presencia Loli, mi hermana adoptiva, y le relaté lo que estaba sucediendo con aquel enigmático ser. De inmediato intentó con un trapo espantar al intruso. Pero éste, al verse acosado por ella, revoloteó por toda la pieza y consiguió salvar su vida. Mi hermana, al ver que éste la esquivaba una vez tras otra, se cansó de perseguirlo y toda enojada le lanzó esta fatal amenaza:

- ¡Tengo que poner fin a tu vida con un insecticida, bicho asqueroso!

Al final, como era lógico, desistió de su descabellada idea, porque a ella, lo mismo que a mí, nos gustaban todo tipo de animales.

“El intruso”, como lo llamamos en un principio, pasó su primera noche entre el hilo de la luz que sujetaba un portalámparas de baquelita, la bombilla y el rosetón de yeso que decoraba el techo de la habitación. A la mañana siguiente, voló incansablemente por toda la casa hasta que le abrimos la ventana del salón. De inmediato se fue y ni siquiera observamos qué dirección tomó.

Al verlo partir pensamos que no volvería más, pero nos equivocamos. Al caer la tarde lo vi acomodado sobre el sobresaliente de la ventana, y para comprobar si se espantaba, abrí la abertura con violencia, pero pasó totalmente de mí. Como si fuera uno más de la familia, se introdujo en el interior de la vivienda y se dirigió hacia el lugar que había escogido como morada.

A la mañana siguiente, observé que el cable tenía unas manchas de barro. Pero nadie le hizo el menor caso a aquel detalle, menos mi padre que aseveró que lo más seguro sería que al venir con las patas llenas de cieno había dejado el churrete.

Pasaron varios días y aquél insignificante lunar de lodo comenzó a tomar volumen. En un principio pensamos limpiar aquello y echar a aquel guarro insecto, pero mi progenitor no lo consintió. Al final decidimos dejar pasar los días a ver que sucedía. Al cabo de algunas jornadas, aquella leve mancha de cieno se convirtió en una forma cónica invertida.

Como nos picaba la curiosidad, un día, sin la presencia del dichoso bichito, Loli se subió a una silla para comprobar qué era lo que allí había, pero sólo consiguió ver el exterior de la obra que había hecho con fango nuestro amigo.

La morada tenía varias ventanas, de las cuales dos estaban a cada lado de la puerta principal. Para acceder a ella nuestro nuevo amigo era muy selectivo, puesto que no consentía penetrar a la casa por otro lado que no fuera su ventana preferida.

Más de una vez, para comprobar cuál era su reacción, dejábamos la puerta y el otro tragaluz abierto y la suya cerrada, pero se quedaba revoloteando por el jardín y no penetraba en el domicilio. Así que, cuando se cansaba de planear, se posaba encima de alguna planta. Al final nos compadecíamos de él y lo dejábamos pasar.

Nunca pudimos ver con claridad qué era lo que traía entre sus patas. Cuando le habríamos el ventanuco procuraba entrar muy rápido y de inmediato se metía en su nido. Alguna vez lo sorprendí llegando por el jardín, pero tampoco pude ver con nitidez la carga que transportaba.

Todo fue muy arcano. En la casa todos nos hacíamos la misma pregunta:

- ¿Qué es lo que traerá entre sus extremidades.

Pero no obteníamos la respuesta deseada, porque él no nos  facilitaba la labor.

Una mañana lo vi partir y esperé ansioso, como cada día, su regreso al atardecer, pero mi paciencia no obtuvo el resultado deseado.

Cerramos el ventanal cuándo cayó la noche, y al día siguiente se dio la misma circunstancia; y así un crepúsculo tras otro. Entonces, en “consejo familiar”, decidimos respetar el nido hasta que consideráramos que había transcurrido un tiempo prudencial.

Llegó el triste momento, y fue mi padre el que se encargó de destruir aquella insidiosa estructura. Para ello se subió en una silla con un cuchillo de mesa con la intención de desbaratar aquello.

Fue imposible, puesto que el amasijo de lodo estaba muy compacto y liso como una pared lucida con cemento fino. Entonces, le pedimos a un vecino, que era maestro albañil, una picota, y así fue como pudimos demoler el albergue de nuestro desaparecido ”colega”.

Cuando logramos ver su interior nos quedamos todos estupefactos. Dentro del refugio, e incrustadas entre su cilíndrica pared, había gran cantidad de moscas muertas.

Pasaron varias décadas hasta que me pude enterar, según la información que facilité, de que el intruso no era otro que una Abeja Solitaria. Pero nosotros, cuándo recordábamos el hecho, nunca le llamábamos por ese nombre, sino por el de: “El sepulturero”.

*Las abejas sociales, al contrario de lo que suele pensarse, constituyen tan solo el 5% de las 20.000 especies de abejas conocidas (Nota del autor).