El Cuaderno de Bitácora de Pepito

Panchito el albañíl

Imágen de una de las arterias del Barrio de las Escaleritas, Las Palmas de Gran Canaria,

El que se detuviera frente al jardín de mi casa un camión cargado de tuberías y herramientas para su instalación era una auténtica novedad.

Por aquel entonces tan solo tenía ocho años de edad y me sentía atraído por las cosas que hacían mis mayores. Así que, picado por la curiosidad, de inmediato me fui hacia el lugar para presenciar in situ las faenas que allí se iban a realizar.

Era la primera vez que veía unos conductos de aquellas dimensiones y tampoco sabía a qué iban a ser destinados. Pero, especialmente, me llamó bastante la atención el color y las extensiones de las cañerías.

Sentado en mi banco favorito, fabricado con piedra volcánica, estuve atento al más mínimo movimiento de los obreros del ayuntamiento de mi ciudad, Las Palmas de Gran Canaria.

Desde mi barriada, Las Escaleritas, compuesta por viviendas de dos plantas y otras de las llamadas terreras, todas ellas pintadas de tonalidad amarillo suave, tenían un pequeño jardín, donde sus propietarios/as daban rienda suelta a su imaginación floral.

Unas casas daban el envés al mar y otras atisbaban hacia él, aunque sus compañeras de vía no les dejaban regocijarse de ese paisaje tan relajante. Pero desde dónde se podía disfrutar de las azules aguas del Océano Atlántico, era desde el emplazamiento que le llamábamos “El mirador”.

Desde este pintoresco lugar se avizoraba todo tipo de vehículos (década de los 50) que circulaban por el Paseo de Chill. Al frente, los *correíllos que salían y entraban del Muelle de Santa Catalina, con destino a todas las islas del archipiélago canario. A la derecha el comienzo de la capital, a la izquierda la Playa de las Canteras y el suburbio de La Isleta, con su trasiego de paracaidistas y soldados de artillería camino de sus respectivos acuartelamientos.

-Niño, por favor, tú y tus amigos no vayáis a jugar con estos materiales que son muy pesados y os podéis hacer daño. Así que, como van a estar aquí varios días, tened cuidado no se vayan a lastimar. Gracias.

Corrí la voz por el distrito y nos congregamos muchos chavales junto al montón de aperos, pero nadie rompió nada. Lo único que hicimos fui acariciar con nuestras infantiles manos aquellos largos cilindros de hierro, de color negro reluciente, y saludarnos, asomando nuestras cabezas por los extremos de estos.

La jornada fijada para el comienzo de las faenas no me la quería perder por nada del mundo. Esa mañana me levanté más temprano de lo habitual, a pesar de estar disfrutando de mi periodo vacacional escolar. Para ello me senté en el bajo muro de mi parterre, con los pies colgados hacia la calle, en espera del comienzo de las obras. Y no serían las ocho de la mañana, cuando vi aparecer un pequeño camión, marca Leyland, pintado de color amarillo y azul, el cual se detuvo justo donde el día anterior se habían descargado los aperos.

De la cabina del mismo descendieron dos hombres de mediana edad. Uno de ellos era bastante alto, de tez morena, abundante pelo negro rizado y corpulento. El otro, algo más bajo, no tan fornido, tenía el cabello de las mismas características que su compañero, pero el color de su piel era bastante más morena, quizás curtida por muchas horas bajo el influjo del Astro Rey.

De inmediato, sin que recibieran orden de ningún capataz, sonido de un silbato, campana o de una estridente sirena, se pusieron a organizar todo aquello para poder realizar la labor que les habían encomendado.

Lo primero que desarrollaron fue levantar una a una las losetas grises de la ancha acera, con la intención de abrir una zanja para introducir en ella los tubos que habían descargado el día anterior.

Las losas fueron colocadas ordenadamente junto al muro de mi vivienda para que nadie pudiera tropezar con ellas. Y observando como estos albañiles trabajaban se me fue la jornada.

A la mañana siguiente, nuevamente me desperté con anticipación. Sin que nadie de la casa se percatara de mi curiosa fuga, salí a la calle y me acomodé plácidamente en mi arquibanco, para no perderme ni un solo movimiento de aquellos funcionarios municipales, los cuales llegaron minutos antes de lo previsto.

Antes de arrimarse al tajo, ambos se sentaban en otra banca a fumarse un cigarrillo, extraído de un paquete de tabaco, marca “Rumbo amarillo”, fabricado en la isla, y conversar de lo único que se podía cuando había niños en las cercanías, es decir, de fútbol.

Llegó el momento en el que comenzaran a perforar el suelo que había debajo de las plomizas baldosas. *Panchito, como resultó llamarse el más bajo y más moreno de los dos, cogió un pico e inauguró la excavación.

Durante el primer golpe y el segundo que le asestó al piso no sucedió nada. Al tercero, el sudor hizo aparición por su rostro, hasta el extremo que en más de una ocasión tenía que hacer una obligada parada para limpiárselo.

- ¿Cómo te llamas mi niño? Preguntó Panchito.

-José Luis, pero en casa me llaman Pepito.

-Pepito, por favor, ¿quieres traerme un poco de agua en este pequeño **caldero?

-No se preocupe, señor, ahora mismo voy a por ella, le dije.

Fui corriendo, a pesar de estar mi casa a escasos metros de donde se encontraba Panchito, y le pedí a Antoñita, mi hermana adoptiva, que me lo llenara de agua, porque mi amigo tenía sed.

De inmediato se lo llevé y del moreno, sudoroso y cansado rostro de éste brotó una sincera sonrisa.

Sobre la una de la tarde, los dos albañiles interrumpieron su quehacer y se dispusieron a almorzar. El compañero de Panchito, llamado David, trajo de comida ***gofio, plátanos maduros y una pequeña botellita de cristal con vino tinto. Panchito, sólo el gofio y media cebolla de mediano tamaño.

-Por favor, ¿me quieres traer otro poco de agua de tu casa, Pepito?

-Si, voy de inmediato, le aseveré.

Mi pobre amigo amasaba con el agua que yo le traía el gofio y se lo comía con mucha tristeza, a la vez que lo acompañaba con pequeños bocados que le daba a la cebolleta.

Una vez terminado su mísero almuerzo, Panchito volvía nuevamente a picar en el profundo canalillo. Y como si estuviera programado, al tercer hundimiento del picacho, en la dura y colorada tierra, aparecía la exudación por la frente de mi pobre colega.

A mi me llamaba mucho la atención comprobar como la secreción que surgía de la faz comenzaba a correr por sus mejillas, hasta que se confundía con la que le afloraba de su tostado torso.

El tórax se le ponía tan brillante, que parecía como si se hubiese rociado con aceite, como el que se suele impregnar a los bebés después de su baño.

Durante un largo mes fui testigo de la labor que tanto David como Panchito realizaron en mi barrio, para que semanas después vinieran otros funcionarios a instalar las farolas del alumbrado público.

- ¿Eres muy pobre Panchito? Me atreví a preguntarle un buen día a mi leal.

-Si, mi niño. ¿Pero por qué lo preguntas?

-Porque sólo comes gofio y cebolla en la comida.

-Es que no puedo comer otra cosa, porque mi sueldo es muy chico y tengo seis hijos, uno de ellos es como tú.

Cuando me dijo esto me despedí rápidamente de él porque comenzaba a formarse un nudo en mi garganta. Y fue tal mi aflicción, que llegué a mi casa llorando y no había forma humana de consolarme.

En mi hogar, al verme en tal estado, se preocuparon mucho, sobre todo mi padre, el cual me preguntó:

- ¿Qué te pasa, Pepito?

-Que Panchito es muy pobre y sólo come gofio y cebolla cruda todos los días.

En mi casa no es que hubiera mucha abundancia, pero éramos felices y, como niño, sentía pena por el infortunio de los demás, a pesar de que todas las noches me iba a la cama tan solo on un vaso de café con leche en el estómago.

Al día siguiente, Loli, mi otra hermana adoptiva, sobre la una menos cinco de la tarde, me dio un pequeño caldero de aluminio en cuyo interior había un calentito y bien cocinado caldo con cabezas de pescado.

Me sentí doblemente feliz al saber que tenía una familia adoptiva con buen corazón y, también, porque mi afecto ese día iba a tener un poco más de alimento que echarse a su estómago.

-Toma Panchito, hoy vas a tener caldo calentito para amasar el gofio en vez de agua, le dije lleno de alegría, como si me hubiesen dado dinero para que fuera al cine.

Dos grandes lágrimas brotaron de sus ojos, las cuales se revolvían de inmediato a su sudoroso rostro. Acto seguido, Panchito me obsequió con lo único que podía remunerar en esos instantes: un sincero y espontáneo abrazo en señal de agradecimiento.

Cuando mi querido colega inició de nuevo la faena, su rostro irradiaba felicidad. En mi presencia hundió con más brío de lo habitual el pico en la dura y azafranada tierra de la trinchera. Pero, una vez más, la sudación volvió a aflorar a la tercera picada.

*Correíllo: nombre que le dábamos a los pequeños barcos de la Compañía Transmediterránea que diariamente llevaban pasajeros a todas las islas.

**Panchito: diminutivo con el cual se conocía a los que se llamaban Francisco.

***Caldero: nombre que se le da por las Islas Canarias a una olla de las planas

****Gofio: harina de maíz –o trigo- tostado y molido, que sirvió como alimento de emergencia durante la posguerra en las Islas Canarias.

Nota del autor.