El Cuaderno de Bitácora de Pepito

Las fiestas  de mi barrio

Iglesia Parroquial de mi barrio, Las Escaleritas, Las Palmas de Gran Canaria.

Imagen de Santa Isabel de Humgría, Patrona del barrio de Las Escaleritas, Las Palmas de Gran Canaria.

Lo que más nos divertía a la chiquillería en mi barrio, Las Escaleritas, Las Palmas de Gran Canaria, España, era la llegada de las fiestas de nuestra Patrona, Santa Isabel de Hungría.

La imagen de Santa Isabel fue esculpida en el domicilio del famosísimo escultor, Salvador Manrique de Lara, que estaba ubicado en mí arrabal, y tuve el privilegio de verla modelar.

Casi a diario, me sentaba en el bordillo de la acera, frente a su casa, y veía, a través de una ventana, puesto que éste la abría para tener más luz, cómo Manrique de Lara tallaba la efigie.

De esta Santa cuentan que favorecía mucho a los pobres de su reino dándole alimentos, cosa que no agradaba a su esposo. Y según relata también la crónica, alguien de la corte informó al rey de lo que hacía su esposa.

El informante le puso al corriente de cuándo, cómo y por dónde su cónyuge salía de palacio con víveres para los necesitados. Entonces, una noche, el soberano la emboscó, y cuando ésta se disponía a abandonar el palacio, por una puerta secreta, la interceptó. Al interpelarle su compañero que qué ocultaba en su túnica, la soberana muy serena le dijo:

-Rosas, esposo mío.

Al no convencerle la respuesta al monarca, le rogó que se las mostrara. Al desplegar la prenda la emperatriz, su marido quedó atónito al patentizar que, verdaderamente, era lo que su esposa le había dicho.

Mi barriada se encuentra en la parte alta de la capital, Las Palmas, y desde su mirador se puede divisar el barrio de La Isleta, pasando por el Puerto de la Luz hasta Ciudad Jardín, con el azulado Océano Atlántico como telón de fondo.

Dicho lugar tiene unas impresionantes vistas, dignas del mejor de los reclamos turísticos. Y sus vecinos, personas de escasos recursos, en su mayoría, vivían en perfecta armonía en sus humildes moradas.

Durante las fiestas lo pasábamos muy bien, puesto que había, entre otras cosas, campeonato de fútbol. El trofeo se llamaba, si la memoria no me es infiel, “Santa Isabel de Hungría”, organizado por don José, el cura. También se tiraban muchos *voladores, salían los **“Papagüevos”, amenizado el pasacalle por una banda de cornetas y tambores, carreras de cintas en bicicleta, en la que en más de una ocasión mi ascendiente, sin lugar a dudas, fue el vencedor.

Para el desfile procesional, la mayoría de los vecinos elaboraban alfombras de flores y serrín en sus calles, con motivos religiosos, para que pasara Santa Isabel, en solemne procesión, con don José, el párroco, vestido con sus mejores galas. Pero lo que más nos atraía a todos era el “Tío vivo”.

Este carrusel era muy singular, puesto que funcionaba por tracción humana. Es decir, el propietario, con sus musculosos brazos, accionaba una manivela para que el artefacto funcionara y la chiquillería nos pudiéramos pasear.

El columpio era circular y de su techo se descolgaban varias sillas de hierro y madera, sujetas por cuatro fuertes cadenas cada una. Te sentaba en ella y a dar vueltas durante un rato, previo pago de “cincuenta céntimos de las antiguas pesetas”. Pero no nos conformábamos simplemente con pasearnos, sino que nos impulsábamos hacia delante con nuestro cuerpo, a la vez que movíamos los pies en el aire, para atrapar el asiento que antecedía. Una vez que lo asíamos, al ocupante del mismo lo desplazábamos hacía delante y así nos divertíamos mientras aquel aparato giraba.

Dos años después de tener conocimiento de estas conmemoraciones conocí, por primera vez, el referido caballito. Lo trasportaba un camión marca Leyland, con cabina de tonalidad azul, y con él llegó un personaje muy peculiar: Juan, al que posteriormente bautizamos con el alias de “Juanillo el tonto”.

Éste era alto, de complexión fuerte, dermis morena, cabello negro y ojos del mismo tono de su pelo, cejas muy pobladas, su boca algo torcida, no tendría más de dos décadas de vida y, a todas luces, mostraba evidentes signos de su alto grado de discapacidad psíquica. Su misión con el columpio era darle a la empuñadura para que el artefacto girara y los niños nos paseáramos. El dueño pasaba por las sillas para que le abonáramos el viaje y, cada cierto tiempo, le daba un breve descanso a “Juanillo”.

Durante los días que estuvo el caballito en nuestro barrio nos hicimos muy amigos de éste, y como observamos que su mono de trabajo estaba bastante remendado y deteriorado, intentamos buscarle ropa por el barrio, pero no conseguimos nada. Lo único que nos proporcionaron fue unas babuchas usadas, pero en buen estado, de lona blanca y piso de goma negra.

Las zapatillas que Juan calzaba estaban muy estropeadas y eran de lona blanca con piso de esparto. Cuando se las entregamos se puso muy contento y nosotros nos fuimos muy felices para nuestras casas, no por la obra que habíamos realizado, sino porque en el instante que se las calzaba esbozó una sincera sonrisa de satisfacción.

Muchos días lo veíamos comer con mucha pena y esto nos entristecía, aunque a nosotros tampoco nos sobraba la comida que digamos, puesto que algunos de nuestra pandilla, en varias ocasiones, los acompañábamos con cacerolas que nos facilitaban sus madres, a la puerta del Cuartel de Aviación, en Ciudad Jardín. Allí se formaban grandes colas y la espera se nos hacía interminable hasta que salían los soldados con las sobras.

Jugábamos en las inmediaciones del carrusel a la pelota y a otras recreaciones que había en la década de los cincuenta. Y una de esas jornadas observábamos como constantemente limpiaba con agua y un trapo el piso del humilde calzado que le obsequiamos. Y un día, fruto de mi infantil ignorancia, le pregunté:

-Juanillo, ¿si eres tonto, por qué estás siempre limpiando tus zapatillas?”. A lo cual me contestó muy pausado:

-Pepito, soy tonto, pero un memo muy aseado.

Finalizaron los festejos en mi alfoz, aunque el caballito continuó unos días más instalado en el solar que había frente a la iglesia. Y la jornada que menos nos lo esperábamos, llegó el instante que ninguno de la pandilla deseaba, pero delante de Juanillo todos nos mostramos alegres y contentos.

Cuando el Leyland de cabina azul y lona roñosa desapareció, nos fundimos en un abrazo, a la vez que las lágrimas afloraban en nuestros candorosos ojos. Pero dijimos realizando un gran esfuerzo: -El año que viene vendrá otra vez “Juanillo”.

No se cumplieron nuestras ilusiones, ya que al ver llegar el camión en el que vino el año anterior nuestro amigo, comprobamos que el asiento del acompañante era ocupado por otra persona. Entonces, le preguntamos al dueño del caballito por nuestro leal Juanillo, recibiendo por respuesta:

-Dios ha venido a por él porque le hacía falta un ángel en el Cielo.

*Lo que normalmente se conoce como cohetes de los que se tiran en los festejos de toda índole.

**Gigantes y cabezudos.

(NOTA DEL AUTOR)