El Cuaderno de Bitácora de Pepito

Cena para magos y camellos

El próximo domingo millones de niños tendrán su noche mágica. Los Reyes Magos de Oriente visitarán todos los países del Mundo y dejarán, con toda su corte de caballos, camellos y pajes, millones de regalos. Y ni que decir tiene, que, a pesar de ser una persona septuagenaria, también vivo con ilusión, desde otra perspectiva, esa noche.

Así que, os dejo este relato, al cual le tengo mucho cariño, titulado: “Cena para magos y camellos”, en homenaje al recuerdo que tengo de cómo viví mi primera noche asombrosa.

Que los Reyes Magos os dejen muchos regalos, y que entre ellos se encuentren la salud y el amor.

Dedicado con todo cariño a todas las personas que siguen teniendo ilusión.

Cierto día de mi niñez, observé que tanto mi padre como mi familia adoptiva hablaban en voz baja. Y como si todos ellos estuvieran sincronizados, de vez en cuando, con bastante encubrimiento, se giraban y lanzaban discretas miradas para controlar mis infantiles movimientos. Evidentemente, no hacía nada por acercarme a escuchar lo que decían. ¡Cualquiera lo hacía!

En aquella época, década de los cuarenta, con mucha dulzura te decían:

-Escuchar lo que hablan los mayores es de mala educación.

Por eso seguí entretenido en el salón comedor con mis carretes usados de hilos para la costura. Y después de un buen rato de deliberación familiar, Loli, mi hermana adoptiva, se separó del grupo y vino hacía mí.

En aquel instante acariciaba a Blanquito y él me devolvía las caricias lamiéndome una herida que me había hecho al caerme jugando el fútbol, la cual, a los pocos días, misteriosamente, desapareció. Entonces, ella se sentó en una silla del comedor, me levantó suavemente y me posó en sus juveniles rodillas. Acto seguido, comenzó a hablarme de cosas que con mi corta edad no entendía.

Me relató, que esa misma noche iban a venir a casa unos señores muy importantes. Por eso, debía irme a la cama muy temprano. Al preguntar el por qué no podía conocerlos, me formuló que ellos preferían que los niños estuvieran dormidos.

- ¿Y por qué debo dormirme? Manifesté.

-Porque ellos son “Magos de Oriente” y si los niños los veían se rompía la magia, no volverían más y todos los niños morirían de tristeza.

Haciendo gala de mi infantil inocencia, pregunté que qué le íbamos a dar de cenar. Por respuesta recibí que a sus camellos había que prepararles mucha alfalfa y agua. Los magos, simplemente, se contentaban con una copita de anís dulce y unas *truchas.

Quedé asombrado por todo lo relatado. Acto seguido me interesé por el aspecto físico tanto de esos “Magos de Oriente”, como de sus camellos, ya que nunca los había visto.

De esos misteriosos magos me dijeron que siempre viajaban los tres juntos, a pesar de que unos eran más ricos que otros y me los describieron de esta forma:

-Melchor, posee mucho oro, Gaspar, incienso y Baltasar, que era negro y el más pobre de los tres, mirra. Que hacía muchos siglos adoraron al Hijo de Dios y le habían llevado regalos, y que, como condición, continuó, los niños son los que tienen que preparar el licor y las truchas. Además, tienen que poner sus zapatos en la ventana de la casa. -

¿Por qué los zapatos? Inquirí.

-Para ellos saber si el niño o los niños de esa casa son pobres o ricos, me indicaron. Entonces, pensé que, si yo era pobre, sería Baltasar quién me dejaría un regalo y sería acorde con mi pobreza.

Durante todo el día estuve andando descalzo, porque pedí que me lavaran las alpargatas, las únicas que poseía, de lona blanca y suela de goma negra. Quería que esos Magos vieran que, a pesar de ser pobre, era un niño limpio y que, quizás, por esa circunstancia me dejarían un buen regalo.

Como estaba previsto, después de cenar puse en un plato las truchas, las copas para el anís y la botella, un obsequio navideño del jefe de mi padre, sobre la mesa del comedor. Pero la alfalfa y el agua mi padre dijo que él se encargaba de eso. Acto seguido, me fui a la cama, aunque tardé en conciliar el sueño. Trataba, con todas mis fuerzas, permanecer despierto, a pesar de las advertencias que había recibido. Pero Morfeo me acogió en sus brazos y me sumergí en una profunda narcosis.

No sé el tiempo que estuve amodorrado, pero recuerdo, con bastante nitidez, que me desperté de un tremendo sobresaltó. El motivo fue, por lo menos eso creí, un ruido muy fuerte producido por cascos de caballos, como el de las películas que había visto en el cine. Entonces me dije:

- ¡Ya están aquí!

Decidí levantarme y con sumo cuidado abrir la puerta de mi alcoba, pero recordé que me habían dicho que debía dormir y no salir del dormitorio para que no se rompiera la magia. Entonces, sin pensar que mi padre podía entrar de improviso, ya que los dos dormíamos en la misma estancia, decidí auscultar, pegando el oído a la puerta, todo lo que sucedía en el comedor, recibiendo como veredicto un silencio sepulcral. 

Así estuve mucho rato, hasta que pensé que mi progenitor o alguien de la familia podían entrar para comprobar si dormitaba. Así que, de nuevo volví a la cama y cavilé infinidad de estrategias para no amodorrarme y cotillear lo que sucedería a la llegada de esos magos tan misteriosos.

Entablé una lucha interna muy grande, en la cual dos dicciones se ensalzaron en una singular lucha para conseguir que acatara sus deseos. Me veía desde una grada, como un simple espectador, y presenciaba como ambos discutían y cada una exponía sus razones. La voz más rebelde me decía:

-Abre la puerta, no te va a pasar nada. Lo más seguro que los “Magos de Oriente” al ver tus zapatillas tan limpias pasarán por alto que los hayas visto.

La otra lexía, más sensata y educada, me aconsejaba que no lo hiciera. Para ello alegaba que razonara y que no debía ser el causante de la ruptura del encanto.

–Muchos niños como tú se quedarán sin regalos esta noche si sales y ves lo que sucede ahí fuera.

No sabía lo que hacer. Estaba indeciso y dudaba a cuál de las dos seguir. Pero nuevamente Morfeo hizo acto de presencia y caí en sus brazos.

- ¡Ya están aquí! Me dije algo sobresaltado.

De inmediato me levanté de la cama, pero sólo se oía el acompasado tic, tac del reloj de pared que había en el comedor.

De buenas a primera, apareció mi invisible e inseparable amigo Juan. A él nadie lo podía ver, excepto yo. Ambos Compartimos muchas horas de juegos, y nuestro esparcimiento era, principalmente, organizar procesiones de santos.

Creo recordar que tenía mi edad, aproximadamente, y mi estatura. Era muy guapo y poseía una cara angelical. Pero un buen día se fue al cielo a pedirle caramelos para mí a “Maestro Juan el carpintero” y nunca más volvió. Así que, le solicité que traspasara la puerta y saliera a ver lo que sucedía. Éste, que siempre me complacía en todo e incluso me llevaba de paseo en su descapotable de color verde, marca GUY, se negó.

Continué esperando a ver si algún ruido delator me avisaba de la llegada de esos reyes tan importantes y buenos. Mientras tanto, pensaba que, si eran tan benévolos, a lo mejor le traían a Blanquito una pelota de goma para que jugase y a Fanfán un lazo rojo con un cascabel, como quería ponerle Loli.

Una vez más abrí los ojos y de inmediato agudicé mi sentido del oído, pero esta vez sí tuve suerte. Aprecié muchos pasos y cantidad de murmullos de personas que hablaban, aunque no pude concebir lo que decían. También tropeles de cascos de caballos y camellos.

- ¡Si, son ellos!

- ¡Ya están aquí!

- ¡Voy a Salir!

- ¡Voy a ser el único niño del mundo que los vea!

De nuevo la voz sensata me exhortaba a no moverme de mi dormitorio.

- ¡No, no lo hagas! Tu amigo Juan te lo reprochará y no vendrá más a hacerte compañía.

- ¿Y si se va, con quién vas a recrearte? Ya sabes que no te dejan ir a la calle a jugar con los demás niños”, porque te dicen que ahí fuera hay muchos gamberros.

De inmediato, dejé de dar oídos a la razón e hizo acto de presencia en mi cabeza la voz insurgente.

- ¿A qué esperas? ¡Tú puedes ser el único niño que los veas! Podrás decirle como son a tu amigo Pepe Juan, el hijo de Rosita. Los demás no, aseveró el insurrecto.

-Es verdad, me dije, salgo y así veré a toda la comitiva, los regalos, los camellos… Luego lo cuento en el colegio a mis compañeros de clase…

- Pepito, Pepito, despierta. Despierta, Pepito, que se acaban de ir los Magos de Oriente y te han dejado muchos regalos.

Era la voz dulce y cariñosa de mi hermana Antoñita que me animaba a levantarme para que disfrutara de mi primer día de Reyes.

*Dulce típico canario que se elabora, especialmente por Navidad, con batata, pasas sin pipas, almendra molida, canela, anís en grano y líquido.

(Nota del autor)